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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

VII • El postrero de diciembre del año de 1229

mirollull2 | 31 Diciembre, 2008 00:53

“Aunque el ánimo de los nuestros, alentado con tan celestial favor, era incontrastable, con todo eso los enemigos no dejaron de continuar la defensa animosamente. Entretanto era espantoso el clamor y la gritería, y el estruendo, y ruido de las armas, y el herir, y el caer con igual obstinacion y porfía; en los unos con el deseo ardiente de llegar al fin de la victoria, y en los otros por vender costosamente sus vidas. Arrojaban desde los tejados, hasta los niños y mugeres, piedras, fuego, leños: al fin todo era una cruel matanza y horrible carnicería. Duró esta sangrienta batalla todo el tiempo que el Jeque asistió en el combate: pero viendo que los suyos le iban ya desamparando, no pudiendo sufrir mas el peso de la batalla, se fué retirando.

Historia de Mallorca” width=

“Ganada parte de la ciudad, salieron de tropel por la puerta de Barbolet, que ahora llamamos de Jesus, y la de Portopí, hasta treinta mil moros huyendo á toda furia á los montes. Los nuestros, ocupados en recoger los despojos y tesoro, que segun dice Marsilio, era muy grande, no cuidaron de seguir el alcance. El número de los muertos dice la Historia real que fué veinte mil: el obispo Miedes no pone mas de diez mil: Desclot añade que llegaron hasta cincuenta mil, sin los cautivos que fueron treinta mil. De los nuestros escribe el mismo Desclot, que en la entrada de la ciudad fueron muertos solos cinco que hallaron en el foso. Entrada la ciudad, escribe Miedes que la batalla de ambas partes fué muy sangrienta y llorosa, y la victoria dudosa, sin especificar la suma de los que murieron por nuestra parte.

“Prosiguiendo despues la entrada, llegaron al lugar mas fuerte de ella, que aun hoy se llama la Almudayna, donde estaba y aun ahora se ve el alcázar y palacio real. Y para mas animar á los otros, refiere Muntaner, que iba el rey D. Jaime delante de todos con una espada en la mano, abriendo camino hasta llegar á la puerta de aquel lugar. Ofreciéronle los de dentro libre la entrada, con que les asegurase las vidas. Hízolo el Rey, dejándoles para su guarda un hombre principal. Entretanto tuvo noticia por medio de dos soldados de Tortosa, del lugar donde Jeque-Bohibe se habia retirado: fue luego allá en compañía del conde D. Nuño, y entrando donde el moro estaba le halló en una casa de un callizo, como escribe Carbonell, que no pasaba, armado con su loriga y sobreseñales de seda blanca, con solos tres de su guarda, armados con azagayas. Luego que vio al rey D. Jaime, escribe Marsilio, que se levantó en pié, y le hizo el debido acatamiento. Añaden Muntaner y Desclot, y algunos otros modernos, que D. Jaime le tomó por la barba, segun lo habia jurado. Mas ni la Historia real ni Marsilio, nos cuentan este hecho; ántes bien escribe Marsilio, siguiendo la relacion hecha en nombre del mismo Rey, que D. Jaime le trató, aunque infiel y enemigo, con mucha humanidad, asegurándole la vida. De donde se infiere el poco fundamento que tuvo Beuter, en decir que el rey D. Jaime mandó echar á sus pies al Jeque, y que le cortasen la cabeza. En lo demas del suceso del rey moro, no hallamos que en la Historia real ni en otras antiguas se haga mencion alguna, ni tampoco que el rey D. Jaime lo llevase á España para triunfar de él, como notó el obispo Miedes: el cual añade que tiene por mas cierto que lo dejó encarcelado en Mallorca, donde despues murio de tristeza y dolor. Pero entónces dejándole algunos ricos hombres y soldados para su custodia, volvió el Rey con su gente á la Almudena [...].

“Luego que la ciudad fue tomada, mandó el Rey, como tan cristiano y religioso, bendecir la mezquita mayor, que era la iglesia que ahora llamamos de san Miguel, y celebrar en ella misa, en hacimiento de gracias de una tan señalada victoria, á la cual asistieron todos los prelados y ricos hombres, llorando tiernas lágrimas de contento, por ver consagrada á Dios y al culto sacrosanto esta isla. En memoria de esto, cada año se celebra una misa en esta iglesia, al tiempo que se hace la solemne procesion de la conquista. Y hase de advertir, segun nota Montaner, que la dicha procesion general fue ordenada á peticion de los primeros pobladores de la isla; y que en ella se trujese el pendon real, y que todos tuviesen obligacion de rogar por el alma del dicho Rey; y que todas las misas que aquel día se dijesen en la ciudad y toda la isla fuesen por la misma intencion, y para que Dios guarde y defienda á todos sus gloriosos descendientes y sucesores en la corona, contra todos sus enemigos: pia institucion y debido agradecimiento. Mas la costumbre que hoy vemos parece que se contenta con hacer una oracion panegírica en alabanza del autor de esta grandiosa empresa, y sacar en la plaza de las Cortes el pendon y otras insignias y armas reales, que se guardan con grande veneracion en la sala de la universidad: lo demas se remite á la devocion de cada cual.

“Habla ya anochecido; y así el Rey cansado de tantos y tan escesivos trabajos, queriendo reposar algun tanto, dio orden que el maestro fray Miguel Fabra y su compañero guardasen el tesoro del alcázar real, señalando para su defensa diez caballeros prudentes y valerosos con algunos otros escuderos. Fue esta tan insigne victoria el postrero de diciembre del año de 1229: no, como dice Beuter tropezando con la autoridad de Muntaner, el de 1228. Advirtiendo que los autores que la ponen en el de 1230, cuentan el principio del año desde el dia de Navidad de nuestro Señor Jesucristo, y los otros desde las kalendas de enero.

“El dia siguiente prosiguieron los soldados el saco, en el cual, como notó Marsilio, fué Dios nuestro Señor, como autor de la paz, servido que no se encendiese entre los nuestros riña ó disension alguna, como suele en semejantes ocasiones, y aun escribe el mismo autor, que solia contar Arnaldo de Castell-Viejo, que despues fue fraile dominico, que yendo los vencedores discurriendo por las calles y casas de la ciudad, hallaban muchas matronas y doncellas hermosísimas, las cuales les ofrecian monedas de oro, plata, piedras preciosas, gargantillas y cadenas, y otras preseas y joyas de mucho valor, y llorando tiernamente les decian: tomad, con tal que nos otorgueis la vida. En fin, fueron riquísimos los despojos, y la suma de oro y plata labrada casi infinita, con una gran cantidad de vasos ricos, armas, vestiduras, paños de oro y seda, lienzos, caballos y otros mil géneros de riquezas. Sobre todo fue de inestimable valor la recámara del Jeque, y el tesoro de las mezquitas casi de increible estima. Bastante materia para pagar tantos trabajos, y apagar la sed y codicia de los soldados, los cuales entretenidos y engolosinados con tan rica y grandiosa presa, anduvieron discurriendo por la ciudad ocho dias continuos. Añade el mismo Marsilio, que aun los mismos de la casa del Rey, y sus oficiales y ministros no se dejaron ver en todo este tiempo, por lo cual un noble aragones llamado Ladron convidó á D. Jaime en su casa á comer, y descansar aquel dia. Entre otros despojos no fué de menor precio la libertad, bien verdaderamente inestimable, que dieron á ciento y ochenta cautivos cristianos que hallaron vivos, los demas sin duda los pasaron los enemigos á cuchillo. A estos el Rey, como tan piadoso movido de compasion, mandó luego proveer de comida y vestidos. Este mismo dia, despues de haber oido misa y comido, se ocuparon en reconocer la ciudad, y hallando en ella una infinidad de cuerpos muertos, cabezas y miembros cortados, y la tierra toda tenida en sangre, y que corria peligro de encenderse alguna peste; procuraron con las veras posibles limpiarla. Para lo cual los prelados concedieron mil dias de perdon por cada cuerpo de moro que sacasen al campo. Echáronlos en unas grandes hogueras, para que no corrompiesen el aire. Pero esta diligencia ni otras muchas prevenciones fueron bastantes para atajar una cruel contagion que poco despues se encendió, como presto veremos. Los cuerpos de los caballeros y de algunos otros capitanes y soldados que murieron en esta entrada, fueron enterrados con sus mismas armas en la iglesia ó capilla, que aquel grande y apostólico religioso el P. M. Fr. Miguel Fabra habia mandado edificar con título de nuestra Señora de la Victoria, por esta tan singular y memorable que los nuestros habian alcanzado de los infieles, con el patrocinio de esta soberana Princesa.”

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