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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

El papado en el buen “Camino”

mirollull2 | 04 Abril, 2005 12:56

Muchos de nosotros fuimos creciendo con la imagen mayestática de un papa elevado varios pies por sobre la tierra de los humanos. En sus apariciones en la ventana del Vaticano, los videntes quedaban anonadados y profundamente edificados.

El papado de Pío XII duró unos diecinueve años y en ellos tuvo que usar todas sus dotes políticas y diplomáticas, que no eran pocas ni posiblemente remiradas, para navegar por un mundo proceloso. Como príncipe de la Iglesia y como jefe del Vaticano mantuvo el timón de su poder espiritual y material dentro de los estrictos cauces tradicionales en un aura de hombre excepcional.

En 1959, por uno de esos extraños e inconcebibles acontecimientos, le sucedió en el solio pontificio Juan XXIII, un hombre que parecía no importarle mucho ni la tiara ni el báculo. ¿Cómo pudo, la curia romana, cometer el desliz de escogerle? ¿Se pensó que, por su avanzada edad, sería un inocuo papa de transición? Pero, así, sin darse cuenta escogieron a un hombre de Dios, si es que así se puede llamar a un hombre bueno, que por lo visto aún existe alguno, aunque difícil de encontrar en las altas jerarquías eclesiales.

Lo cierto es que en cuatro años, Juan XXIII estuvo a punto de poner patas arriba todo el andamiaje eclesial. Nada menos que se le ocurrió proclamar el Concilio Vaticano II, y de no haber sido porque debió de contar con oportunas ayudas para no avanzar como él pretendía, y también gracias a la providencial brevedad de su papado, hubiera podido organizar un verdadero cisco.

Su sucesor, Pablo VI, tuvo que apañárselas para no decir que no pero tampoco sí. El prestigio y la estima de Juan XXIII no permitían un desmontaje frontal de sus propuestas de renovación. Pero los siete años de Pablo VI, recondujeron las posibilidades de recuperación, y hasta, a su muerte, introdujeron un intermedio, 33 días de papado de Juan Pablo I, cuya anómala e imprevista muerte, que yo sepa, ni Camilieri con su sagaz Montalbano ha intentado desvelar.

Mientras tanto, todo había quedado dispuesto para el papa que llegó de la persecución. Desde su elección ya hubo voces que alertaron del cambio de rumbo eclesial que se iba a producir. La apertura del Vaticano II , sin estridencias pero con mano dura, tenía que cerrarse; dejar que en lo folclórico el pueblo se creyera liberado, pero volver a la solidez doctrinal y, sin concesiones, que devolviera a la Iglesia sus signos distintivos: catolicidad, apostolicidad y romanidad.

Había que tender la mano a las otras confesiones para propiciar la unidad y su acercamiento al signo verdadero de la fe, que el mismo tiempo había que propagar con las mejores armas del apostolado y auténtico espíritu misionero; defendiendo, a la par, con el empecinamiento de un Pablo de Tarso, los auténticos valores tradicionales tan bien difundidos por el Opus Dei, obra de la cual no sé si Juan Pablo II era un ferviente postulador o, por el contrario, una cautivo de su ingente expansión.

Si no, ¿a qué vino el trueque de santificar -por vía rápida y sin las exigencias precisas en los requisitos- a monseñor Escrivá a cambio, por parte del Opus Dei, de la resolución de los serios problemas financieros y sociales del Banco Ambrosiano?

Juan Pablo II, desde su lógica, ha devuelto la sensatez a una iglesia que se estaba, y se está, contaminando de los valores faltos de moral y de fe de una sociedad ajena a los auténticos valores religiosos, pero que está echándose en brazos de chamanes, magos, echadores de cartas, astrólogos, etc.

Juan Pablo II ha marcado el camino claramente y, en su labor, no en vano ha regido la Iglesia hasta su fin e incluso a nombrado obispos y arzobispos no “in artículo mortis” sino “in transito mortis”. Y su obra seguirá incólume, pues ahí está la Obra para asegurarlo, que a la preservación de los valores más prístinos del catolicismo, apostólico y romano, unirá la eficaz gestión –en eso la Obra tiene especialistas- de una auténtica multinacional.

Se cuenta que Juan XXIII, cercana ya la hora de su muerte, se lamentaba de no haber comprendido tres misterios: el de la virginidad de María, el de la Santísima Trinidad y el de qué cosa era eso del Opus Dei.

Juan Pablo II, razonablemente, no habrá tenido estas tres dudas, pero con toda seguridad ninguna sobre el Opus Dei.

comentarios

  1. El papado en el buen camino
    francamente, explicar mas a fondo el contexto historico de la iglesia, no ha de causar fatiga o incomodidad;por ello le sugiero ser mas activo en sus escritos e investigaciones.
    manuela fernadez | 05/05/2005, 20:47
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