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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

Toros: no sé si volveré a hacerlo

mirollull2 | 08 Septiembre, 2012 00:47

 

Pase natural

Unas dos horas ante el televisor; cosa que no había hecho, por lo menos, en los diez últimos años y pocas veces en los anteriores. Fue para ver una corrida de toros de cuya retransmisión me enteré cuando comenzaba porque me avisó mi mujer por si me interesaba. Por toda la antitauromaquia de moda, quise volver a ver una corrida; alguna, o parte, había visto hace años por tv; y, posiblemente, la última a la que asistí fue la memorable de los “victorinos”, hace más de veinte años, en Las Ventas de Madrid.

Los toros podrán gustar o no, pero no se les puede despachar con el sambenito del maltrato animal. Más motivo hay para denostar bastantes actividades cinegéticas: la del jabalí que, antes de ser macheteado por el cazador, abre en canal a perros con sus colmillos; la caza del zorro, a mordiscos de los canes, con tanta apostura y protocolo practicada por la alta sociedad inglesa (¿sigue prohibida en Inglaterra y Gales?); y otras cacerías y safaris, entre las cuales se realizan unas en África en la que la pieza a cobrar es un indígena al que sueltan en el coto para acecharle y dispararle. Maltrato animal, aparte de en las cadenas de cría, engorde y matanza para alimentación humana, mucho más que en las corridas de toros se da en peleas cruentas entre animales irracionales y racionales.

El toro, no lo olvidemos, está presente en todas las civilizaciones de las que tenemos noticia. Y lo está como tótem, como efigie sagrada y holocausto deprecatorio; como símbolo de masculinidad, de fortaleza, de agresividad, de fecundidad; y aparece en distintos momentos de nuestra era, antes de configurarse el toreo, en representaciones lúdicas y de lucha con el hombre.

 

Voltereta

En el toreo se da la simbiosis entre la magia y el espectáculo, y tiene un ritual propio en el que la eventualidad trágica no está nunca ausente. Es un misterioso ballet entre el poder y la astucia –o la inteligencia–, sujeto a una precisa geometría en el que por la conjunción de la justa distancia, el movimiento preciso de piernas y brazos, el juego de muñeca, el equilibrio y el ritmo se genera el pasmo de la emoción estética. Y este ballet, en sus momentos esenciales, es un paso a dos entre la bravura y la sutileza, no en vano la vestimenta del torero es delicada y femenina, frente al fosco toro. El torero, al iniciar los lances, encela al toro con la capa abierta, símbolo de ofrecerle el cuerpo entero; después de que el picador le modere su brío y le baje la testuz y de que con las banderillas se le espolee para el envite, le cita con la muleta (franela de menor tamaño que el percal) para ceñir su recorrido, una y otra vez, en derredor de la pelvis y llevando los pitones a acariciar los caireles resplandecientes del pecho. Al final, el torero brinda, al toro humillado y entregado, la penetración, que tiene que impedir con la espada entrando a matar recibiendo o al volapié o a un tiempo . Eros y psiquis a la inversa. No siempre. La suerte suprema , que da título a un libro de Guillermo Sureda Molina, quien encabezaba sus escritos taurinos en la prensa con La suerte y la muerte .

El toreo también es un espectáculo, asimilable si se quiere al arte escénico, pero con más categoría que los deportes convertidos en espectáculo o competición. En otros tiempos, se atribuyó a los toros ser distracción y alienación del pueblo. Ahora, si bien su finalidad es el desarrollo físico humano, el deporte ha tomado esta función con creces, y si al toreo se le pueden poner reparos éticos, mayores son los que surgen por los espectáculos de masas en un estadio.

Al llegar aquí me pregunto: ¿Delenda est Cartago?, como querían los romanos de la ciudad púnica. ¿Hay que destruir las plazas de toros? Barcelona ya ha convertido La Monumental en una catedral del consumo. No voy a decir ni sí ni no. Al fin y al cabo, así es la historia, a todo cerdo le llega su San Martín, y lo de cerdo no se dice en sentido peyorativo. Porque las corridas de toros no sólo son ademas un hecho cultural en sí, con técnica, estética y léxico propios, sino que también respetables escritores, especialistas y artistas han dedicado al toreo obras y libros importantes. Las pinturas desde hace siglos sobre los toros son innumerables. En tiempos cercanos sobresalen las dos tauromaquias de Goya (una al aguafuerte y la otra, litográfica) y ahí está también Picasso, impresionante y abundante sobre todo en los distintos sistemas de obra gráfica. Y si hablamos de literatura podemos remontarnos a 1572 para encontrar el Tractado de la cavallería de la gineta de Pedro de Aguilar, que continuaría con otros en los que ya se habla concretamente del arte de torear y las reglas que le son aplicables.

 

La suerte suprema y Tauromagia

En nuestros días, y me refiero a varias décadas, tenemos la monumental obra Los Toros. Tratado técnico e histórico (Espasa), cuyos cuatro primeros tomos son obra personal de José María de Cossío, continuada con y por Antonio Diaz-Cañabate y ampliada posteriormente por la propia editorial. Es mucha la bibliografía que se puede relacionar –poética, biográfica, histórica y ensayística–. Ahí está el libro Sobre la caza, los toros y el toreo (Austral) de José Ortega y Gasset, quien, precisamente fue el impulsor de la obra de Cossío. Ortega en su libro explica la naturaleza del toro de lidia: «Pero la furia en el hombre es un estado anormal que le deshumaniza y con frecuencia suspende su capacidad de percatarse. Mas en el toro la furia no es un estado anormal, sino su condición más constitutiva en que llega al grado máximo de sus potencias vitales, entre ellas la visión. El toro es el profesional de la furia y su embestida, lejos de ser ciega, se dirige clarividente al objeto que la provoca, con una acuidad tal que reacciona a los menores movimientos y desplazamientos de éste. Su furia es, pues, una furia dirigida, como la economía actual en no pocos países. Y porque es en el toro dirigida se hace dirigible por parte del torero.» Hay que entender que el toro se crece en el ruedo y que el castigo le incita a embestir y revolverse con más empeño para hincar los cuernos en su contendiente. También en la dehesa se dan luchas feroces entre dos toros.

Sobre bibliografía, porque además de haber contado con su franca amistad fue claro, lúcido y certero en sus escritos y, como suele decirse, fue escritor de pluma bien cortada, vuelvo a Guillermo Sureda Molina, cuya Tauromagia (Austral), sin ser exhaustiva, es un texto cabal sobre el mundo de los toros.

 

Con El Viti en 1963

De una entrevista que realicé a Sureda y publiqué en un semanario de Madrid copio lo siguiente:
«–¿Falta tragedia en los toros?
– El sentido trágico ha sido sustituido por el estético y el plástico. Antes importaba sólo matar. Ahora interesa mucho torear. Los toros han ganado con ello. Pero…, a pesar de todo, considero que la fiesta de los toros, bajo el punto de vista ético, no tienen justificación; ni por su belleza, ni por su grandeza…
–¡Hombre!
–Se expone la vida por dinero, se tortura al toro, se drogan los caballos…
–¿Siempre?
–Los toros son un vicio, no una virtud. Sin embargo yo diría, a pesar de que suena a contradicción, que son un “maravilloso vicio”.» (Mayo, 1962)

Estuve dos horas ante el televisor. No sé si volveré a hacerlo. Me cansé. Y eso que la terna era atractiva y estuvo bien, sólo eso, bien; tal vez mimética; hubo toreo de capa y de muleta; el tercio de varas fue suave y breve (aún así un toro se derrumbó y fue retirado); la suerte de banderillas fue limpia. Las estocadas, profundas pero imprecisas. Los toros tenían presencia y movilidad, pero eran flojos y de poca codicia. Y si no hay toro… Se cortaron seis orejas. Si esa fue una corrida de seis orejas y puerta grande, la decadencia de las corridas continúa.

«Yo no digo que el toreo se esté muriendo, ni siquiera que necesariamente se tenga que morir. Trato tan sólo de hacer ver al aficionado tranquilo la posibilidad de su muerte. […] Adelanto esto: los toros, como espectáculo, pueden vivir, pero ya es hora de destacar, con la gravedad que el caso requiere que también pueden morir, desapareciendo bajo el sordo oleaje de la indiferencia o asesinados por la marea de la mistificación.» (La suerte consumada, 1952)

 

comentarios

  1. toros sí, toros no

    Nunca creo haber leído un comentario acerca de las corridas de toros tan desapasionado e inteligente.
    Felicidades Pep

    Andrés | 24/09/2012, 16:43
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