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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

III · Suerte desgraciada de los de Montcada

mirollull2 | 13 Octubre, 2008 16:18

REENCUENTRO SEGUNDO
y suerte desgraciada de los de Moncada

Heroico juramento de los conquistadores de Mallorca=
Heroico juramento de los conquistadores de Mallorca
1840. F. Muntaner. Litografía
Historia General del Reino de Mallorca

"Habian desembarcado en la Porrássa trescientos de á caballo que venían, en las naos que postreramente habian surgido. Descubrieron desde allí al rey de Mallorca, y su gente que tenia asentados sus reales en Portopí. Dió á la media noche aviso de ello al Rey un caballero principal aragones llamado D. Ladron, y habiéndolo comunicado con D. Guillen de Moncada y D. Nuño y otros barones que se hallaban en la tienda real, les pareció que debian descansar hasta la mañana. Al reir del alba oyeron todos misa en la tienda del Rey, con muy particular devocion. Levantóse entonces D. Berenguer de Palou escelente prelado, y comenzó á exhortar y animar á todos aquellos barones y á la demas gente con estas palabras:

"No permite, ó barones, vuestro valor ni lo ocasion presente entreteneros con razonamientos ó figuras retóricas. ¿Qué prestan las palabras, donde sobra el esfuerzo? Y cuando este falta, siempre son en vano. Asentad solo en vuestro entendimiento que el negocio que ahora tenemos entre las manos es del Señor, y no nuestro. Emprended pues varonilmente la causa comun, de la cual ha de redundar gloria á Dios, á nuestro Rey honra, y fama perenne á todos. Y cuando otra cosa suceda , tened por cierto que todos aquellos que en esta guerra quedarán muertos á manos de estos infieles, derramando su sangre por la causa de Cristo, y dando generosamente sus vidas, serán verdaderos mártires, y como tales celebrados y honrados en el cielo y en la tierra con estrenada honra y veneracion. Nosotros somos los que confesamos á Cristo, nosotros traemos á Cristo, nosotros pretendemos introducir á Cristo en este reino, finalmente nosotros somos los que padecemos por Jesucristo. Pues ¿qué importa que el soldado de Cristo pierda su vida, ó por el fuego, ó por el agua, ó por los azotes, ó por la espada? ¿Qué importa que sufra diversos tormentos en larga distancia de tiempo, ó que en un breve punto padezca tanto que venga á morir? Verdaderamente no tenemos que temer: porque si morimos, seremos trasladados al reino de los cielos, y si quedamos con vida, ganarnos con Dios grandes alcances de gloriosos merecimientos, y con los hombres fama y renombre sempiterno. Y así nadie dé muestras de cobardía, nadie titubee; sea uno el corazon de todos, y una la fe firme en Cristo. No es creible que el Rey y la Reina de los cielos, cuyas armas y blason traemos, de cuya familia somos, debajo de cuyos estandartes estamos alistados y militamos, nos desamparen en esta ocasion; antes bien peleando, nos acudirán con su favor, y muriendo, nos saldrán al encuentro para coronarnos eternamente. Alentaos pues, y mostraos valerosos; porque con el favor de Cristo vencedor, quedareis vencedores; y bajo de la proteccion de la Vírgen su Madre, saldreis libres de todo peligro. Tened en vuestros corazones un amargo dolor y vivo pesar de vuestros pecados, en vuestros labios una verdadera confesion, en las obras, ó por lo ménos en el firme propósito y deseo, una cumplida satisfaccion: finalmente procurad armar vuestras almas con el sacratísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo.

"Hicieron todos una confesion general; y el religiosasmo obispo, levantando las manos y los ojos al cielo, les franqueó los tesoros espirituales de la iglesia, concediéndoles indulgencia plenaria en virtud de Cristo crucificado, echándoles una larga bendicion. El Rey y los demás nobles y caballeros se postraron por tierra, derramaron lágrimas, echaron fervorosos suspiros y ardientes sollozos, y sacudido de sí todo temor; se encendieron todos en un ardentísimo deseo de la victoria, sin hacer caso de los peligros y trabajos que se les podian ofrecer. Finalmente por la última bendicion les advirtió el mismo celosísimo prelado:

"0 nobles varones, hoy, hoy será la batalla : comenzaos á alegrar con la esperanza de la victoria que el cielo os está prometiendo. Tomad, tomad esfuerzo, y venced y rendid á estos enemigos nuestros con la presencia y amparo de este ilustrísimo Rey y Señor nuestro natural

"Acabado el razonamiento, llegóse al altar D. Guillen de Moncada, y puesto de rodillas y bañando su rostro con lágrimas que sus ojos tiernamente vertian , recibió devotísimamente el verdadero cuerpo de Jesucristo, y se encomendó á él con muy grande afecto. Habia el Rey ántes de partir del puerto de Salou con la mayor parte del ejército comulgado, segun desuso dejamos referido; mas D. Guillermo lo habia dilatado hasta ahora, por ventura pronosticando el feliz suceso, y creyendo que habia de ser coronado del martirio. Movióse luego una generosa contienda entre D. Nuño y D. Guillermo por quie aquel día llevaría la retaguardia, por pensar que hasta el siguiente no se daría la batalla, queriendo cada cual ser el primero en la refriega. Entretanto se desmandaron hasta cinco mil peones de los nuestros, y sin orden ni caudillo se metieron la tierra adentro. El Rey viendo aquel desórden, con solo un caballero que se decía RocaFort, se apresuró á detenerlos. Don Ramon de Moncada y el conde de Ampúrias con otros de su linage, sin aguardar á D. Nuño que llevaba la retaguardia, pasaron adelante, hasta topar con los enemigos. Trabóse una muy sangrienta batalla, alternando la victoria las suertes. Oyó el Rey el ruido de las arenas, y sospechando lo que en efecto pasaba, envió luego un mensajero á D. Nuño avisándole que viniese al momento, porque entendían que los de la vanguardia habían cerrado con el enemigo: viendo que D. Nudo no venia, dijo á Roca-Fort que fuese con la misma embajada. Replicó este caballero, representándole que no convenía dejar su real persona á solas en tan evidente peligro. Entretanto era el cuidado y la congoja del Rey increíble; y así le oían que decía hablando consigo: Mucho tarda D. Nuño. A fe que hace mal. ¡Santa María, ayuda d los nuestros! Prosiguiéndose la batalla, como la muchedumbre de los moros fuese infinita y los nuestros muy pocos, fueron muertos peleando valentísimamente el vizconde y D. Ramon de Montada, Hugo de Mataplana, Hugo Desfar y otros ocho caballeros, segun dice Zurita (a), ó segun Desclot, fueron todos catorce de la nobilísima familia de los Montadas."

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