mirollull2 | 21 Junio, 2008 21:00
La resección había sido más sencilla y limpia de lo previsto -me comentó el Dr. Montero- y que, a falta de conocer el resultado de la biopsia de lo extirpado -añadió-, se podía pensar que no se precisaría ningún tratamiento postoperatorio. Y el Dr. Carvajal, que me visitó por la ausencia de dos días del Dr. Montero, confirmó que la evolución era buena y me dijo que, en el quirófano, comentaron que los ganglios extraídos para analizar parecían sanos.

Bloque con corte histológico.
El cáncer en color blancuzco.
Al fin y al cabo, el cáncer, en sus múltiples variantes, no es más que eso: una disfunción o alteración de la continua renovación celular del organismo. La cual, cuando se asienta en determinados órganos, y más si su detección es tardía, tiene limitadas posibilidades de ser detenida en su avance.
No pienso que el cáncer sea una cabronada, como, hace poco, ha manifestado Baltasar Porcel con motivo de la concesión de un premio a su último libro, libro al que, precisamente, ha dicho que pudo dedicar diez horas diarias al estar en la clínica. El cáncer puede ser un azar oportuno -así lo considero-, un motivo de afirmación de la propia existencia y de columbrar el inexplicable sentido de la integración de la vida personal en eso que llamamos eternidad. El cáncer, como cualquier enfermedad, como el mismo envejecimiento del cuerpo humano, y como la misma salud, forma parte de nuestro paso visible por el tiempo.
Una cabronada, si es que queremos usar el término, como mucho puede denominarse a la muerte por cáncer extendido de una madre joven con dos hijos, uno de ellos menor de un año. También puede ser una cabronada que una o varias personas mueran porque un conductor achulado invada el carril contrario. También tiene mucho de cabronada que un hombre muriera a los 44 años, con cuatro hijos nacidos y uno en camino, porque en una operación sencilla de doble hernia inguinal (intervención, por cierto, inducida, para librarle del molesto uso del braguero, por sus amigos el propio cirujano y el médico de cabecera) se le inoculara el tétanos al suturar las incisiones interiores y exteriores. Se comprobó que los caguts (en tres casos en el mismo hospital y uno en otro) no habían sido tratados adecuadamente por el laboratorio elaborador. La exigencia de responsabilidades que demandó el confiado cirujano, ya que por su amistad con el fallecido se sentía obligado a presentarla él mismo, no prosperó; el expediente se 'extravió': no convenía que llegara al consejo de administración del laboratorio, cuyo presidente era el prestigioso Don Gregorio Marañón.
El inoculado de tétanos forma parte de mi proceso de maduración. Un mediodía salí de la habitación de la clínica con el presentimiento de la despedida. Estaba sedado y tenía los ojos vidriosos. Yo tenía quince años.
Con la madre joven compartí mi última estancia en la clínica. Cuando ingresé, ella llevaba ya días (y no era su primera estancia). Ambos sabíamos de nuestra presencia y se estableció una comunicación afectiva. El primer día que en la habitación conseguí dormir tranquilamente, también ella, después de tiempo, alcanzó un dormir reparador. Ella, que no podía mantenerse en pie, ese día soñó que caminábamos juntos hacia su pueblo. Al dejar la clínica fui a su habitación. Llevaba unos días algo animada. Nos conocimos, sugerimos proyectos, sonrió, hablamos de confianza. Yo, en contra de todo pronóstico, me aferraba a la esperanza inaccesible. Algo después ella también dejó la clínica. La llevaron a su pueblo incinerada.
Josep Maria Miró Llull (Palma, Mallorca, 1937) Escritor, grabador y pintor. Directivo empresarial jubilado.
Laringectomizado en febrero de 2005
http://mirollull.com
"I tanmateix cal viure; / no quedar estès a la primera caiguda; / tenir el cor obert a una esperança inaccessible. "| « | Noviembre 2008 | » | ||||
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