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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

Hab. 626 – El divino patético

mirollull2 | 31 Marzo, 2005 12:49

Las opiniones son encontradas. Para unos, la imagen del papa deshaciéndose en añicos es degradante y de mal efecto. Incluso son muchos quienes piensan que no tiene la presencia requerida para ostentar el papado; que es una mala representación de la Iglesia y que debiera dejar en manos sucesorias sus funciones.

Hay argumentos suficientes en pro y en contra. Los míos, creo que acordes con la enseñanza eclesiástica, tal vez un tanto radicales.

¿Puede su santidad, un hombre que desde hace años no es sólo hombre, sino el designado por la divinidad para ejercer y organizar sus designios “urbi el orbe”, desmoronarse por unos achaques corporales y enfrentarse con el “non serviam” a quien le ha le ha hecho su vicario en la tierra.

Podrá pensarse que su decisión de empecinarse en seguir en el ejercicio de su puesto es una manifestación orgullosa de creerse imprescindible, pero no es más que la consecuencia de servir a quien le ha elevado a tan alta e ineludible responsabilidad, hasta el final de sus fuerzas, y, en eso sí, con el orgullo de la máxima entrega.

Pero tampoco debemos olvidar que si su misión es la de pilotar la nave de la Iglesia, su mano, a su vez, es el instrumento movido por designios superiores y supremos. Y en él actúa el “espíritu que sopla donde quiere”. ¿No es lógico que mantenga el timón sabiendo que su mano, hasta el último momento, será sustentada por la mano divina?

Estos son los razonamientos que cualquier católico debe hacerse. ¿No es ésta la enseñanza de la propia Iglesia? Si no lo aceptamos así, ¿qué tenemos que pensar?

¿O es que la razón está de parte de quienes ya están maniobrando indigna y aviesamente para sucederle en su altísimo solio, y así, cargando con la responsabilidad del poder eclesiástico, detentar el inmenso y abrumador peso de la tiara?

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Una nota sobre la nave

En tiempos del Vaticano II (que sí existió alguna vez), en una tertulia en la que, entre otros estaban mis amigos Pep Estelrich y Fernando Mir (por aquellos días Don Pep y Don Fernando), hablábamos de la necesaria renovación de la Iglesia. Yo les propuse que la Iglesia era una nave que a través de los siglos llevaba tal lastre de adherencias, que precisaba una buena limpieza de fondos, un severo rascado de cuánto se le había ido pegando. El símil, a los tertulianos, les pareció bueno y aceptable. Pero faltaba una consideración final: había que asumir un riesgo que, si se quería mantener la nave, posiblemente era excesivo correr.

Cabría que todas las adherencias que veíamos fueran realmente el barco. Y que, rascando, rascando, al final de la limpieza, debajo, donde debía estar, no encontráramos ningún casco; en definitiva, que no existiera nave alguna; en todo caso sólo algunos viejos y difíciles de descifrar manuscritos arameos o griegos, no muy coherentes con toda una parafernalia de morados, blancos y oros.

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