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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

El nacimiento de Cristo, el 23 de noviembre, según el testimonio de Ana Catalina Emmerick. ¿Verosímil o verídico?

mirollull2 | 24 Diciembre, 2016 01:08

El cristianismo forma parte de las clasificadas como religiones mistéricas. Esta aserción puede no ser compartida, pero merece tanto crédito como considerarla una religión monoteísta por provenir del judaísmo al igual que la religión islámica, que de él se derivó –y precisamente también por la intervención del arcángel Gabriel, que originó, por delegación del Espíritu, la fecundación y nacimiento del hijo del Padre, José y María–.

La escritura sagrada del judaísmo, la Torah (los cinco primeros libros), y el resto de libros que en su conjunto total llamamos la Biblia, en su amalgama y compendio de formas literarias –historia, leyendas tradicionales, fábulas, ciencia ficción, poesía, hazañas bélicas, relatos licenciosos...– se refiere, usando distintos nombres, a un único dios en el Antiguo Testamento; en el Nuevo Testamento y su exégesis –relatos y cartas y simbología onírica– se cubre la apariencia monoteísta recurriendo al Dios Uno y Trino –una Trinidad que ya estuvo en entredicho en el primer siglo de la era cristiana por entenderse que le faltaban personas– y se llegó a plantear que la trilogía tenía que ser tetralogía, pentalogía o más. Yo tengo mis razones para decantarme por la tetralogía, no pertinentemente explicables en este momento.

El Nuevo Testamento, a pesar de que pertenece a una época de la que existen documentos históricos confiables, es históricamente incierto –Tácito y Flavio Josefo sólo mencionan la existencia de Juan el Bautista– y su contenido, confuso, con notables incongruencias y ciertas contradicciones, que no sé si se deben a la errónea selección que se hizo para fijar el cuerpo doctrinal canónico, relegando los otros por apócrifos en el sentido de falsos, o a que entre tantos textos escritos tardíamente sobre recuerdos y relatos más o menos verídicos, no podía conseguirse mejor coherencia.

Saúlo, el judío perseguidor de cristianos, después llamado Pablo, que no conoció a Jesús, cuyas cartas son anteriores a la redacción de los evangelios, fue el gran impulsor y organizador del cristianismo, que luego, por el connubio de éste con Constantino, adquirió relevancia estatal y los santos padres, con el de Hipona y el Aquinatis elevaron a un complejo nivel epistemológico sólo explicable y entendible por reducción a dogma. Y así continuamos en el siglo xxi, a pesar de contar con explicaciones y testimonios sencillos y claros.

Por qué, por ejemplo no se difunde la obra, indudablemente esclarecedora de Ana Catalina Emmerick, que, en quince libros, describe, con especificaciones y amplitud nunca conocidas antes de ella, la historia de la humanidad que figura en la Biblia, desde la caída de los ángeles y la creación del mundo hasta la asunción de María, de la que, en sus visiones, va siendo testigo excepcional por designio divino durante cinco años; al principio de este período, el escritor Clemente Brentano ingresa en el monasterio de Dülmen (Westfalia), y en régimen de clausura y como su secretario, redacta, y acota debidamente, lo que ella va relatando.

Ana Catalina Emmerick (1774-1824) fue una monja canonesa agustina, mística y escritora alemana. Nació en Flamske, una comunidad agraria, actualmente en la diócesis de Münster, en Westfalia, y murió en Dülmen a los 49 años. Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004.

Y vayamos ya a la descripción del especial alumbramiento de María, que según ella comprobó no fue en diciembre, sino el 23 de noviembre. La narración de la salida de Nazaret de José y María, ella en un burro muy bien pertrechado, hasta la marcha de los reyes después de sus días de estancia en Belén, a la que no falta detalle, ocupa sesenta y cinco páginas de La vida oculta de la virgen María, de la que tomo unos párrafos.

NACIMIENTO DE CRISTO EN NOVIEMBRE

[En octubre se anuncian el censo y el impuesto de César Augusto. Preparativos de la Santísima Virgen para el nacimiento de Cristo.] La época real del nacimiento de Cristo, tal como siempre la he visto fue cuatro semanas antes de cuando la celebra la Iglesia; tiene que ser hacia la fiesta de Santa Catalina. La Anunciación siempre la he visto a fines de febrero. Ya a fines de octubre vi que se dio a conocer en la Tierra Prometida el censo y el tributo que había ordenado el César. A partir de este momento vi mucha gente viajando de acá para allá por todo el país.  

EL NACIMIENTO DE CRISTO

El resplandor en torno a la Santísima Virgen se hacía cada vez mayor y ya no se veía la luz de la lámpara que había encendido José. La Santísima Virgen estaba vuelta a Oriente y arrodillada sobre su colcha de dormir, con su amplio vestido suelto y extendido en torno a ella. A las doce de la noche se quedó arrobada en oración; la vi elevarse sobre la Tierra de modo que podía verse el suelo debajo. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho y en torno a ella seguía aumentando el resplandor. Todo estaba entrañable y jubilosamente agitado, incluso las cosas inanimadas, la roca del techo, las paredes, el techo y el suelo de la gruta estaba como viva dentro de aquella luz. Entonces ya no vi más el techo de la gruta, y una vía de luz se abrió entre María y lo más alto del Cielo con un resplandor cada vez más alto. En esta vía de luz apareció un maravilloso movimiento de glorias que se interpenetraban y se acercaban perceptiblemente en forma de coros de espíritus celestiales. Pero la Santísima Virgen, que levitaba en éxtasis, rezaba ahora mirando hacia abajo, al suelo, a su Dios en cuya madre se había convertido, que yacía ante ella en el suelo como un recién nacido desvalido. Vi a Nuestro Salvador como un niño muy pequeño y refulgente cuya luz sobrepasaba la del esplendor circundante, acostado en la manta delante de las rodillas de la Santísima Virgen. Para mí era como si fuera muy pequeñito y se fuera haciendo más grande ante mis ojos. Pero todo esto solo era un movimiento del otro resplandor tan grande, que no puedo decir con seguridad cómo lo he visto. La Santísima Virgen estuvo así arrobada todavía un rato y vi que le puso al niño un paño, pero no lo tomó en brazos ni lo levantó. Al cabo de un largo rato vi que el niño rebullía y lo oí llorar, y entonces fue como si María volviera en sí: levantó al niñito de la alfombra y lo envolvió en el pañal que le había puesto encima y lo sostuvo en brazos junto a su pecho. Luego se sentó y envolvió completamente al niño en su velo: creo que María daba de mamar al Salvador. Entonces vi en torno a ella ángeles de figura totalmente humana adorando con el rostro en el suelo. Ya habría pasado más de una hora desde el nacimiento cuando María llamó a José, que todavía estaba en oración. Cuando se acercó, se postró sobre su rostro con fervor, alegría y humildad, y solo se levantó cuando María le pidió varias veces que lo apretara contra su corazón y diera gracias alegremente por el sagrado regalo del Altísimo. Entonces José se incorporó, recibió en sus brazos al niño Jesús y alabó a Dios con lágrimas de gozo. Entonces la Santísima Virgen envolvió al niño en pañales. En este momento no recuerdo la forma de envolverlo en pañales, solo sé que uno era rojo, y sobre él una envoltura blanca hasta debajo de los bracitos y otro pañalito más por arriba hasta la cabecita. María solamente tenía cuatro pañales. Luego vi a María y José sentados en el suelo desnudo con las piernas cruzadas uno junto a otro. No hablaban y parecían sumidos en contemplación. Sobre la alfombra delante de María yacía envuelto como un bebé, Jesús recién nacido, hermoso y radiante como un relámpago. ¡Ay!, pensé, este lugar contiene la salvación del mundo entero y nadie tiene ni la menor idea.


El proceso de beatificación de la venerable Ana Catalina Emmerick comenzó en 1892 y se tuvo que prorrogar varias veces principalmente debido a diferentes interpretaciones acerca de lo histórico y teológico de sus visiones y testimonios, y fue suspendido en 1928. Se reabrió en 1973 por una curación milagrosa de 1880 atribuida a su intercesión. En el año 2004, fue beatificada por el papa Juan Pablo II. Sin embargo, al igual que en casos semejantes, la cuestión de sus visiones fue separada del proceso y su causa fue solamente juzgada atendiendo a su propia santidad y virtudes. Extraña decisión, pienso; pues sería motivo suficiente para invalidar la causa de elevación a los altares considerar que las uniones y cópulas místicas con el amado celestial, que les otorga otorga esta clarividencia que se refleja en sus relatos, no son más que efectos de alteraciones neuronales como la epilepsia y la esquizofrenia. ¿Qué decir, en tal caso, de la Beata Ludovica Albertoni, de Santa Gema Galgani, amén de otras, y especialmente de la Santa de Ávila, reconocida Doctora de la Iglesia por Pablo VI en 1970.

 

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