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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

El Dios Único. ¿De Akhenatón, de Moisés, de Pablo de Tarso... ?

mirollull2 | 10 Noviembre, 2013 17:59

Ofrenda de Akhenatón a Atón
Ofrenda de Akhenatón a Atón

Hasta donde llegan los conocimientos que hoy en día tenemos de culturas y civilizaciones que han poblado la Tierra, no es absurdo pensar que la creencia en (o la invención de) un Dios Único no es obra de Moisés. A Moisés, sí se le atribuye la imposición del monoteísmo a una población nómada que sobre 1.250 años antes de la era actual –según se cuenta en el Éxodo- vivía y recorría, buscando donde asentarse, un entorno asiático del mundo habitado que se conocía por aquellas tierras.

Este Dios Único se manifestó, por primera vez físicamente, a Moisés, llameante en una zarza que ardía sin consumirse. Así está escrito: «Me acercaré a contemplar este espectáculo extraordinario». «Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba para mirar, lo llamó desde la zarza: -Moisés, Moisés! El respondió: -Estoy aquí. Dios le dijo:-No te acerques. Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es sagrado. Y añadió: -Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se tapó la cara porque tenía miedo de mirar a Dios.»

Y Moisés contó a su pueblo -quizás bastaría decir tribu- que el Dios que se llamaba «Yo soy» los mandaba salir de Egipto y que para que no dudaran de su poder hiciera ante los hebreos la magia que le había enseñado: Echar en tierra el bastón, que se convertiría en una serpiente, que lo recogiera por la cola y volvería a ser un bastón; meterse una mano en el pecho y sacarla llena de lepra, blanca con la nieve, que volviera a ponerse la mano en el pecho y la sacaría intacta como antes, y si con esto todavía no le creían, que fuese a buscar agua del Nilo y la esparciese por tierra y se tornaría sangre. También, «Yo soy», anunció que haría prodigios para convencer al faraón para dejarlos partir.

Los efectos mágicos servían para deslumbrar a los hebreos, pero no a los egipcios, que de eso sabían mucho. Cuando Moisés empezó a tratar con el faraón la liberación de los hebreos tuvo que competir con los magos. Pasada esta prueba ya fue «Yo soy» quien tuvo que recurrir a los prodigios, y, según figura en la Biblia, sin ningún miramiento. Y llama un poco la atención que un suceso de cierta importancia como es el éxodo del grupo hebreo, con los dolores de cabeza que dio al faraón y los estragos que hizo en sus territorio y población, no lo mencionen las fuentes egipcias.

Akhenatón y Nefertiti
Akhenatón y Nefertiti
Museo del Louvre

He empezado diciendo que el monoteísmo se atribuye a Moisés. Supongo que por interés de uno de los sistemas religiosos que tienen una notable influencia en una parte, no mayoritaria, de la población terráquea. No obstante, mucho antes que Moisés, la figura de un Dios único, la erigió el faraón Akhenatón. Y la apoyó su principal esposa, Nefertiti. El Dios único era Atón, un dios resplandeciente y cegador. (Se ha dicho que Nefertiti tuvo glaucoma por querer mirarlo a menudo.) Atón, personificado en el Sol, es un dios presente e importante en todas las religiones. ¿El dios Atón, llama incombustible, es el mismo que Moisés no osaba mirar?

De todos modos, el dios de Moisés ha sido más perdurable que el de Akhenatón. Akhenatón fue considerado hereje. Los egipcios no aceptaban un solo dios: querían, como era costumbre inveterada en las religiones mesopotámicas, que los atributos divinos estuvieran repartidos, y volvieron al politeísmo, que, después, en Grecia y en Roma, sería insustituible.

El Dios de Moisés, sí se mantuvo firme. No en vano era suficientemente fuerte y celoso para aniquilar a aquellos que no creían en Él. Moisés y Josué, principalmente, cumplieron fielmente este deseo divino de exterminio.

Con el tiempo, sin embargo, la humanidad no volvería a conformarse con un Dios único. Ya lo pudo constatar el propio Moisés, a quien el monoteísmo acarreó serios disgustos. Más tarde, de acuerdo con la tendencia ancestral, la religión cristiana solventó lo del politeísmo con la difusión de templos y altares a 'dioses' complementarios y asignando devotas advocaciones –igual que habían hecho los sumerios– a una misma divinidad.

Por otra parte, incluso la poesía no muy lejana ha dejado constancia de la divinidad del astro rey.

Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Reyes que venís de Oriente
al Oriente del sol solo,
que más hermoso que Apolo,
sale del alba excelente.

Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas

No busquéis la estrella ahora,
que su luz ha oscurecido
este sol recién nacido
en esta Virgen Aurora.

Son cuatro de las estrofas que escribió Lope de Vega.

Virgen y Luna
Virgen y Luna

Y también, ¿no se ha establecido una relación piadosa, literaria e iconográfica entre la Luna y la Virgen? He aquí una invocación, precisa y adecuada, a la Reina del Cielo: «... más poderosa que todos los monarcas, tienes las riendas de todos los reyes. Antorcha brillante del Cielo y la Tierra, resplandor de todas las comarcas, acepta mi genuflexión, escucha mi ruego, mírame siempre con bondad... ». Esta impetración la encontramos en las oraciones y cánticos de alabanza y celebración sumerios de sólo hace más de cuatro mil años, dedicada a Irnini, «Señora de Señoras, Diosa de Diosas!». ¡De verdad, que no desdice nada en un florilegio mariano!

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