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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

Mesura y ejemplaridad en el descarrilamiento en Santiago

mirollull2 | 01 Agosto, 2013 12:30

El descarrilamiento del tren ALVIA de Santiago ha sido una de las grandes catástrofes, sino la mayor, de las sucedidas en la red ferroviaria española.

El sentimiento entrelazado de solidaridad, de tristeza, de amargura, de dolor, de compasión ha sido unánime.

Pero a mi modo de entender hay que destacar que ha sido ejemplar, por no decir admirable, la forma con que sobre el mismo se ha informado, serena y sensatamente, aceptándose por todos, incluso por accidentados y familiares de fallecidos, el error humano como algo imprevisible, lamentable, extremadamente doloroso aunque desdichadamente posible.

Tres niveles de seguridad

No ha habido aspavientos ni histerismo. El ambiente de tristeza y dolor ha envuelto la presencia y la actuación de cuantos han acudido al lugar del suceso. Las autoridades –locales, autonómicas y estatales– han estado discreta y sobriamente apesadumbradas, sin afán de protagonismo; la curia clerical ha cumplido su oficio de proveer del viático penitencial a los fallecidos en un funeral de misa de tres; y los responsables de RENFE y organismos allegados se han mantenido sigilosos, sin cargar las tintas sobre el fallo humano, sin inmiscuirse –que se sepa– en las declaraciones del maquinista, un hombre que, inevitablemente, tiene que estar hundido, destrozado, desorientado, al borde de la desesperación por ser él el único responsable de llevar por buen carril una máquina tan potente y un sistema de seguridad elevadamente complejo.

Incluso se ha tenido la delicadeza y el comedimiento de demorar la apertura de las cajas negras en previsión de que, en momentos emotivos, el conocimiento de su contenido ahondara en la herida ya irreversible.

Los sistemas de comunicación han proporcionado información puntual y especialmente la televisión estatal ha mantenido un sistema de información constante, actualizado y de dosificada repetición de imágenes en aras de mantener viva la llama sobrecogedora y la atención y donación de sangre para los hospitalizados.

Funeral en Santiago
Encomienda católica para el último viaje

¿Todo ello se ha desarrollado espontáneamente o ha sido fruto de notable programación?

¿Ha habido una mente lúcida, por fin, en el gobierno o en sus proximidades?

Así como se ha llevado, inclusive ha surgido un sentimiento, casi afectuoso, por lo menos compasivo por el maquinista que erró. Y sobre todo, no se han enervado los ánimos reclamando responsabilidades de orden ferroviario y político. Ha sido la primera vez en estos tiempos que un ministro, en este caso una ministra, puede ir con la cara alta por un incidente ocurrido en el área de su competencia.

Confío en que de los pasajeros hospitalizados en estado crítico sean pocos los que se sumen a la lista de fallecidos y que el resto se vaya recuperando sin que les queden secuelas de invalidez; y también, que no se abandone la ayuda psicológica a las víctimas en rehabilitación ni a los familiares de los fallecidos, pues la seguirán necesitando, principalmente aquellos que tengan que tardar años para percibir las indemnizaciones del seguro de viajeros.

Es de esperar que pronto todo sea un mal recuerdo, por lo menos paliado para las víctimas, y que el maquinista sea tratado con benevolencia procesal: bastante pena tendrá con arrastrar la pesadumbre por una calamidad derivada de un mal acorde de sus manos y pies en el manejo de los mandos de un tren, probablemente diseñado, para hacer su ruta manejado desde una cabina de control en un centro de mando.

Ahora, de vuelta a la anormalidad cotidiana, lo importante es que no se enturbie la calma resignada que se ha podido lograr. Y que no se ahonde en las causas del descarrilamiento, y digo causas porque hay más de una y quizá –por no decir seguramente– la que se ha definido como primera y directa es la más alejada de la causalidad. Confiemos en que en un juez no se entrometa y rasgue la cortina con tanto primor tejida. 

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