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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

El papa Francisco sonríe en Brasil

mirollull2 | 28 Julio, 2013 16:19

No tengo el don de la profecía y mi bola de cristal, de vidrio soplado, no creo que sirva para la adivinación. En el mes de marzo pasado, al calzarse el nuevo Papa los cómodos por ahormados zapatos viejos, expuse llanamente un pronóstico que brotaba espontáneo del diagnóstico de la situación del vaticanismo y del currículo del mitrado. Escribí: “El catolicismo necesita promoción, lo que ahora se llama marketing”. Y añadí, después de no considerar parajes propicios para el programa expansivo a Europa, África, Japón, China, la India ni América del Norte: “Queda Centroamérica y Sudamérica. Tierras de gran población, con un gran sentimiento ‘religioso’ cuya superstición sólo necesita ser encauzada. La marca católica bien gestionada y contando con un emblema de primer orden elevado a categoría mundial tiene el campo trillado para una buena cosecha”.

bola de cristal

No es de extrañar que con tan evidente diagnóstico, el país elegido haya sido Brasil, con Río de Janeiro, que cuenta con la segunda basílica mayor del mundo, como epicentro. Para el evento el papa Francisco ha escogido el marco de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, enlazando con Pablo de Tarso, fundador del Cristianismo, con cuya doctrina sintoniza, para realizar el viaje apostólico de difusión y expansión del Evangelio.

El papa sonriente ha bajado del avión con buen pie, calzado con unos zapatos negros similares, aunque más pulcros, a los que lucía en las fotografías de la elección; se ha mostrado llano, próximo y afable; le hemos visto circular en un automóvil ostensiblemente pequeño; se desplaza en un nuevo todoterreno blanco –sustituto de la bombonera blindada– que lleva una arboladura que soporta un parabrisas de cristal especial que se curva y alarga hasta cubrir el techo; y para posibles emergencias, cuenta con otro vehículo igual de color verde.

Las gentes se agolpan junto a él, que camina, tiende las manos, abrazan, besa. Los jóvenes brincan de entusiasmo, se transmutan, lloran, gritan, ríen; unos han acudido desde países próximos o lejanos en místico peregrinaje aéreo; todos vibran ante la presencia magnética y las palabras de su divo rodeado de corifeos en el magno escenario. Disfrutan de un momento especial y se extasían como ante el Elvis Presley de turno.

Consagración
Ojos entornados, mirada especulativa: ¿La sombra de una duda?

Que «Jesús se una a tantos jóvenes que perdieron la confianza en las instituciones políticas, por su egoísmo y corrupción, o a quienes perdieron la fe en la Iglesia y hasta en Dios, por la incoherencia de cristianos y ministros del Evangelio», proclama el Papa. Pablo, en sus cartas y viajes, también reprendía a los a los adeptos y sacerdotes que daban mal ejemplo en sus comunidades, desacreditan la fe y ahuyentaban a los creyentes. Y como el de Tarso, advierte y previene contra los falsos predicadores “evangélicos”.

El papa Francisco, consciente de su misión promotora de la fe cristiana, no es restrictivo en el alcance de su magisterio, y su visión amplia se extiende del integrismo paulino (ambos coinciden, entre otros aspectos, en la apreciación de la homosexualidad) a la teología de la liberación e incluso hace un guiño incitante a los “indignados”; esto puede resultar desconcertante para algunos, pero responde a su actitud coherente de integración en una fe verdadera común.

El amplio programa de sus días de estancia, se ha preparado con meticulosidad, y pienso, que como Pablo de Tarso cuando iba o enviaba a algún apóstol u obispo, habrá tenido que dar las indicaciones precisas para que no faltara la aportación pecuniaria de la comunidad visitada, y que, de producirse remanente, se destine a otras comunidades necesitadas. Esta circunstancia me ha venido a la cabeza ahora, pues, cuando se anunció del proyecto del viaje, de los sesenta millones de euros presupuestados quedaban por cubrir unos treinta y cuatro.

Las actividades papales, puede decirse que han seguido una agenda apretada. Reuniones, visitas, ágapes, misas, oficios, homilías. Entre los actos anecdóticos y significativos, a vuela pluma, recuerdo la bendición de las banderas olímpicas de 2016 en el Palacio de la Ciudad de Río de Janeiro; la veneración de la imagen de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida, cuyo patrocinio ha extendido a los países de América Latina; la Confesión de algunos jóvenes de varios países de la XXVIII JMJ en el Parco de la Quinta da Boa Vista, Río de Janeiro (a mi modo de ver, simulacro innecesario ya que había dispuesto otorgar indulgencia plenaria a los asistentes); visitó una de las comunidades más pobres del Brasil, la favela Varginha, que, como es costumbre con ocasión de la visita de algún dignatario, debió de ser objeto de una limpieza y aseo tanto material como humano, e invocó un mensaje de esperanza e hizo un llamado a trabajar por un mundo más justo y solidario; y ya de cara al fin del viaje, hoy, último día, celebrará una multitudinaria misa en Guaratiba, a 80 km de Río de Janeiro, a la que está prevista la asistencia de la presidente argentina Cristina Kirchner y otros indignos altos dignatarios.

Concluirá el viaje y el papa sonriente subirá la escalerilla del avión en el que regresará a Roma.

 

Desde Juan XXIII, no habíamos visto sonreír a un papa. Juan XXIII tenía un gesto bondadoso que quizá por esto resultaba naturalmente sonriente. Parecía un alma bendita que creía en lo que hacía y que a punto estuvo de dar un vuelco eclesial de incalculables consecuencias. A Pablo VI, la herencia de Juan XXIII, le cortó toda posibilidad de sonrisa. Juan Pablo I, nunca sabremos si murió por una embolia clerical, o si se quiso evitar que siguiera las pasos de Juan XIII. Juan Pablo II no tenía la musculatura facial propicia a la sonrisa, y Benedicto XXVI, procedente del legado de la Inquisición ¿cómo va sonreír?

Los papas anteriores a los ahora mencionados, no sé cómo iban de sonrisas. Quizá fueron conscientes de que su dignidad requería seriedad. De estos sólo conocí a Pio XII, y ¡qué apostura! Lo recuerdo claramente como urna de santidad viva; vera efigie del pontífice del nazionalcatolicismo que culminó una época.

El papa Francisco, lo habitual es que sonría –salvo momentos de lógico gesto serio–; es el papa sonriente –ya le llaman así–; pero qué distinto sonreír del del papa bueno –que así le llamaban–. La sonrisa del papa actual puede ser innata, sin embargo, para mí, tiene el sello de haber sido aprendida o mejorada en una escuela de relaciones públicas.

comentarios

  1. Estás equivocado.

    La sonrisa de Bergoglio no es impostada. Es y ha sido humilde en sus hábitos y actitudes. Pero también es verdad que hay que esperar y ver como sigue la cosa...¿Lo dejarán hacer?. ¿Podrá hacer?. De todas maneras, es un tipo diferente.

    Daniel | 28/07/2013, 20:56
  2. Sonrisa verdadera

    Tengo el gusto de haber conocido a Bergoglio (él no a mi, claro) antes de ser siquiera Obispo de Bs. As. Desde ese momento me "enamoré" de los jesuitas: seres calmos pero de firmes convicciones, grandes intelectuales pero muy conectados a la realidad. Caminó las villas, los basurales, animó a los adictos al paco y daba misa a las prostitutas y travestis de Constitución. Y puedo asegurar que no gozaba del mínimo marketing...

    Belen | 26/12/2013, 14:01
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