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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

La gran lección de Benedicto XVI

mirollull2 | 21 Febrero, 2013 01:06

San Malaquías hizo una lista de papas, asignando un lema a cada uno. El de Benedicto XVI es "Gloria Olivae" (La gloria de la oliva), y es el número 111 desde Celestino II.

Según la profecía de los papas, el próximo papa "Petrus Romanus" (Pedro Romano), el 112, es el último de la relación.
"En la persecución final de la Santa Iglesia Romana reinará Petrus Romanus, quien alimentará a su rebaño en medio de muchas tribulaciones. Después de esto la ciudad de las siete colinas será destruida y el temible juez juzgará a su pueblo. Fin".

El vedell d’0r
Miró Llull. El becerro de oro, 1975, acuarela.

No creo que haya que pensar que se refiere al fin del tiempo, ya que habla de 'su pueblo', sino que más bien la advertencia o premonición concuerda con el tercer secreto de Fátima, que no anunciaba un atentado al Pontífice, como se dijo cuando se hizo público; más bien la señora blanca pequeña auguró la aniquilación de la estructura eclesial. Parece que la interpretación correcta va por ahí. ¿Lo confirma el rayo que dio en la cúpula del Vaticano poco después de comunicar Benedicto XVI su retirada? No en vano en la cima del Sinaí, sede divina, coronada de nubes, el suceso principal de la ley mosaica fue confirmado por rayos y truenos, especialmente en la segunda estancia de Moisés, cuando el Señor Yahvé, debido a la idolatría de Aaron con su gente, le dijo que conduciría al pueblo hebreo a la tierra prometida, pero que él, el conductor, no llegaría.

Hace casi ocho años, el papado de Juan Pablo II, terminó de manera contraria a la que quiere tener Benedicto XVI. Por entonces, en la tranquilidad del postoperatorio de la laringectomía, publiqué un artículo titulado oHab. 626 - El divino patético, del que copio estos párrafos: «Las opiniones son encontradas. Para unos, la imagen del papa deshaciéndose en añicos es degradante y de mal efecto. Inclusivo son muchos quienes piensan que no tiene la presencia requerida para ostentar el papado, que es una mala representación de la Iglesia y que debiera dejar en manos sucesorias sus funciones.
»Hay argumentos suficientes en pro y en contra. Los míos, creo que acordes con la enseñanza eclesiástica, tal vez un tanto radicales.
»¿Puede su santidad, un hombre que desde hace años no es sólo hombre, sino el designado por la divinidad para ejercer y organizar sus designios "urbi et orbi" desmoronarse por unos achaques corporales y enfrentarse con el "non serviam" a quien le ha le ha hecho su vicario en la tierra?
»Podrá pensarse que su decisión de empecinarse en seguir en el, ejercicio de su puesto es una manifestación orgullosa de creerse imprescindible, pero no es más que la consecuencia de servir a quien le ha elevado a tan alta e ineludible responsabilidad, hasta el final de sus fuerzas, y, en eso sí, con el orgullo de la máxima entrega.
»Pero tampoco debemos olvidar que si su misión es la de pilotar la nave de la Iglesia, su mano, a su vez, es el instrumento movido por designios superiores y supremos. Y en el actúa el "espíritu que sopla donde quiere". ¿No es lógico que mantenga el timón sabiendo que su brazo, hasta el último momento, será sustentado por la mano divina?
»Estos son los razonamientos que cualquier Católico debería hacerse. ¿No es ésta la enseñanza de la propia Iglesia? Si no lo aceptamos así, ¿qué tenemos que pensar?
»¿O es que la razón está de parte de quienes ya están maniobrando indigna y aviesamente para sucederle en su altísimo solio, y así, cargando con la responsabilidad del poder eclesiástico, detentar el inmenso y abrumador peso de la tiara?»

Tres vistas de la residencia papal en Castelgandolfo
Tres vistas de la residencia papal en Castelgandolfo

Quizás ahora, ante la renuncia pontificia de Benedicto XVI, es oportuno plantear la validez de mis aserciones en el artículo de 2005. Benedicto XVI ha dicho que ha reflexionado seriamente antes de decidir retirarse a Castelgandolfo para orar, estudiar y escribir en silencio y recogimiento, ya que no le quedan fuerzas ni humanas ni espirituales para gobernar la barca de Pedro. Y nadie mejor que él para tomar un decisión ortodoxa, él, que desde el año 1981 hasta el 2005 presidió la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, organismo colegiado del Vaticano para custodiar la correcta doctrina católica en la iglesia, que antes había sido Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición y Sagrada Congregación del Santo Oficio.

Además, Benedicto XVI más que un hombre de acción es un intelectual de cerebro avezado al análisis y la exégesis, y debe haber comprendido que la crisis que en muchos aspectos afecta la Iglesia no es temporal, es un desbarajuste, un nudo de víboras, la concentración de los peores defectos de una multinacional y la hipocresía y perversión con mitras y capas pluviales.

¿Qué es lo que realmente ha hecho caer la balanza del lado de la renuncia? Yo me atrevería a señalar la angustia de ver cómo la acción de la carcoma, de la herrumbre y del moho van hundiendo un edificio que tiene los cimientos en la entelequia que propulsó un iluminado judío converso. Analizar la historia a la luz de la razón y sin partir de conclusiones previas muestra las cosas muy claras. ¿Benedicto XVI ha caído del caballo, pero por el otro lado? Parece que sí. Y el Espíritu Santo de la patrística, el tomismo y la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe queda en el propio Vaticano para elegir un nuevo Papa que continúe, tanto como sea posible, la administración de la pompa y circunstancia del negocio de la salvación, mientras Benedicto XVI, libre del Vicariato de Cristo, -que deja entender que no es más que un inconsistente emblema divino que no crea carácter- se va a los casales y jardines de Castelgandolfo con el Espíritu de la Razón. Como Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico que se retiró al Monasterio de Yuste, afectado de gota, para hacer vida monástica.

Tanto es así, que después de una buena parte de vida vaticana, el papa cesante ha tenido la iluminación y la clarividencia para retirarse del pináculo eclesiástico. Incluso, acaso, para separarse de la Iglesia Católica Apostólica Romana de la manera menos traumática.

Ésta, en mi opinión, es la gran lección de Benedicto XVI.

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