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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

El toreo tiene origen religioso y el rito sacrificial del toro conforma la eucaristía católica

mirollull2 | 08 Agosto, 2015 21:12

 De lo que voy a exponer no sabe nada, es de suponer, ningún regidor de los que han declarado la ciudad de Palma antitaurina. A estos, si es que leen, igual que lo hago a quienes puedan tener interés en conocer la importancia del toro en civilizaciones y culturas ancestrales –en la Mallorca talayótica, por ejemplo–, les recomiendo la presentación que María Ángeles Sánchez escribió, titulada Toros de Costitx, como “Pieza del mes”, en el ciclo «Creencias, símbolos y ritos religiosos» del Museo Arqueológico Nacional, digno albergue de las tres cabezas bovinas y otras piezas relacionadas que las acompañan.

Cena pascual
Cena pascual de Giorgio Vasari

La autora, de inicio, describe las cabezas de los toros, cuyos cuernos fueron fundidos aparte y ensartados a resaltes del testuz con pasadores, pasando a explicar el entorno cultural en que fueron realizadas y la proliferación que, en bronce o en barro, de figuras de reducido tamaño, se da en distintos lugares de culto religioso, en la isla de Mallorca.

El culto al toro en el mediterráneo, dice, con su «divinización, simbología y ritos», «sirvió de base para su sacralización», y añade que, como en Anatolia, Mesopotamia, Egipto y el Egeo, desde época muy temprana, este animal quedó ligado a cultos de fertilidad. En Egipto el dios Apis y la diosa Hathor adquirieron forma taurina, y en Mesopotamia fue el dios Marduk el que se identificó con un toro.

«Durante la Edad del Bronce, este culto alcanza su mayor desarrollo, difundiéndose por todo el Mediterráneo; en zonas como el Egeo tuvo un gran arraigo, especialmente en el mundo cretense, donde este animal aparece ligado a cualquier manifestación de la vida minoica. En ella, cobra especial relieve la práctica de juegos taurinos, de significado religioso, en los que jóvenes de ambos sexos, hacían ejercicios acrobáticos sobre un toro, que precedían a su sacrificio, cuya sangre debía fecundar simbólicamente la tierra.»

Los párrafos anteriores entrecomillados son del escrito de María Ángeles Sánchez, de la cual es también el siguiente:

«En los ritos sacros de las culturas Mediterráneas, el sacrificio de un animal como el toro, tuvo un significado religioso muy especial. Implicaba la comunión con la divinidad y el beneficio de sus poderes, ya que una parte de la víctima era quemada en el altar y el resto era comido por los fieles. El ejemplar destinado al sacrificio debía ser joven, de raza pura, y se marcaba con un signo (manos pintadas, rosetas, estrellas, etc.), que le confería un carácter singular. En el mundo griego y romano, se le conducía especialmente adornado ante el altar de sacrificio.»

Cristianismo y Mitraísmo
Sacrificio salvador en en dos ritos, el de Mitra y el de Cristo

¿Qué podemos colegir de estas afirmaciones? Pues que así como hay que admitir que los toros tienen origen religioso, el fundamento de la religión católica tiene origen taurino. Si la humanidad, a través de la historia conocida, uno de cuyos vestigios es la Epopeya de Gilgamesh, ha buscado explicaciones a lo desconocido y ha querido congraciarse con las divinidades, llegando incluso a ofrecerles sacrificios de animales y humanos, la religión mitríaca y la católica son las que coinciden en la celebración de un rito expiatorio con un banquete (ágape, eucaristía, comunión) en el que la divinidad se une a los fieles para proporcionarles la vida eterna. En este sentido lo expresa Alfred Loisy en Los misterios paganos y los misterios cristianos, Barcelona, Paidós, 1990: «…no es excesivamente temerario pensar que el bajo-relieve de Mitra tauróctono presenta el sacrificio del toro como principio de la vida bienaventurada prometida al iniciado, así como de la virtud que hay en el banquete sagrado para la obtención de esa inmortalidad.»

Según María Ángeles Sánchez parte del toro era comido por los fieles. Pudo ser así al principio, pero también hallamos que otros autores hablan de pan y agua, que pasó a ser pan y vino; pudo darse el rito mitríaco adoptara las especies cristianas, aunque se puede pensar que fue al revés. La religión mitríaca, procedente de Siria y Grecia, sin bien fue coetánea del cristianismo durante unos tres siglos, era mucho más antigua. Curiosamente, hay notables y abundantes datos fehacientes, de que el cristianismo y la religión católica se nutrieron de cuanto pudieron servirse de las religiones precedentes. En el caso de Mitra, basta señalar, como muestra, aparte de lo más importante, ya mencionado, el bautismo y el día del Sol como fecha –realmente desconocida– del nacimiento del Cristo llamado Jesús.

En el siglo IV de nuestra Era, en el que los enfrentamientos por la prevalencia religiosa y social de las facciones cristianas que habían surgido, Constantino –adepto al culto de Mitra que se convirtió al cristianismo al fin de su vida– , sumándose al concilio de Nicea (325 e.C.), dio el espaldarazo a los cristianos, que, saliendo de la clandestinidad, pudieron profesar oficialmente su religión y desempeñar cargos públicos, y los adeptos al mitriatismo o se incorporaron al cristianismo o fueron proscritos, como los arrianos y otros grupos. Pero sobre esto no me voy a extender: forma parte de las continuas e infinitas cornadas que los humanos se han dado y nos damos en la historia y hay muchos estudios sobre ello.


Encuentro ‘amistoso’ de toros en el desencajonado

 

No todos los “ruedos” son redondos

mirollull2 | 05 Agosto, 2015 13:37

Publiqué dos líneas sobre los toros («Palma antitaurina; ya forma parte de pleno de derecho de la congregación de ciudades con consistorio de mayoría inculta.») y mis buenos amigos Carmen y Vicente han escrito muchas más no sólo sobre toros sino también sobre otros asuntos que han surgido al tirar del hilo. Pienso que debo añadir algo; la cortesía de corresponder y la conveniencia de ser explícito en lo que esbocé son el motivo.

Volapié

Manuel Escribano, que durante la lidia sufrió 
unos duros voltereta y revolcón, 
consuma el volapié apuntando 
el estoque en el hoyo de las agujas

 

A Vicente, que tiene razón en el buen trato de que gozan los toros, infinitamente mejor del que se les da a los animales que se ceban para la alimentación humana, he de informarle o recordarle, que el toro de lidia también es objeto de maltrato animal, especialmente desde que sale de la dehesa hasta que llega al ruedo. ¿Por qué? Por vicios y abusos en el negocio del toreo: para satisfacer los deseos, normalmente de toreros mediocres, y a veces de primeras figuras, a los toros se les transporta en cajones inclinados para que no reposen adecuadamente, en ocasiones, con sacos de arena sobre los lomos para debilitarlos, se les liman las puntas de los pitones y así los terminales de los nervios quedan extremadamente sensibles y el animal sufre dolor al cornear, si se les desmochan los cuernos, pierden la medida de la distancia y cornean en falso, en ocasiones se les droga, etc., y de los corrales pasan a la plaza por un corredor oscuro y al salir por la puerta de chiqueros quedan deslumbrados. En el ruedo, por incapacidad de la cuadrilla y del diestro mismo o por mala ejecución intencionada de las suertes del toreo tampoco el toro tiene el trato conveniente. El toro, no lo olvidemos, es un animal fiero y bravo que se crece con la brega. En las dehesas mueren toros por luchas feroces, a cornada limpia, entre animales de la misma manada.

Con todo, el toreo es más que un entretenimiento, es un hecho cultural, muy por encima de los espectáculos de masas; y nada digamos de su absoluta diferencia con las aberrantes peleas de perros, de gallos y de las de bípedos en un cuadrilátero.

De Carmen, por lo que dice, he de suponer que no ha asistido nunca a una corrida y que desconoce la ancestral incardinación del toro en la religión talayótica y en los ritos y juegos, por lo menos, desde las culturas neolíticas del Mediterráneo y del Próximo Oriente, y, asimismo, la historia, evolución y compleja regulación de la práctica del toreo. No se puede juzgar la validez del toreo por las protestas de unas cuantas pancartas y la exhibición de cuerpos pintarrajeados de rojo movidos por un sentimentalismo simplón. Con esto no quiero decir que no se pueda estar a favor o en contra del toreo, pero tiene que ser con argumentos y razonamiento. En un momento se quiso poner fin a una parte del maltrato animal que se daba en el ruedo: el de los caballos de los picadores, que quedaban muertos o moribundos junto a las tablas, destripados. La solución fue cubrirlos con un pesadísimo armazón que les dificulta la movilidad y evita que los espectadores se enteren de los destrozos y hundimientos de costillas que sufren, con las consecuencias lógicas a que esto les lleva al abandonar la plaza. Hay en los toros otro factor de por sí reprobable, exponer la vida de personas, unas por enriquecerse y otras por un magro estipendio, aunque, hay que admitirlo, existe en la mayoría de los toreros una llamada interna y una pulsión –¿puede llamarse vocación?– para dedicarse a esta actividad, que incluso puede llamarse profesión, la que hay que encuadrar en el ámbito del arte. Un arte, síntesis de geometría y riesgo, que tanto en el torero como en el espectador alcanza momentos de sublime emoción. Una bien trabada serie de verónicas, con las que el torero –bien desplegada la capa, bajando las manos, suave la cadencia– recibe, encela y fija al toro, son comparables en expresión artística a la que pueden producir una obra musical, una pintura, una obra teatral, un ballet, una obra literaria... Y lo mismo puede decirse de una serie de naturales, iniciados citando al toro de frente a la distancia adecuada para darle el recorrido holgado y justo y mandar y templar la envestida, con la muleta sacándola de detrás y adelantándola, planchada, a la altura precisa, y engarzar los pases ganándole terreno al toro y dándole salida con un pase de pecho cuyo pitón derecho roce los caireles de la chaquetilla sin enganchar la muleta. Después de otros lances que omito, en su momento el torero dejará el toro cuadrado y entregado y, marcando los tiempos del volapié o recibiendo, entrará a matar clavando el estoque en el hoyo de las agujas, punto correcto para la digna y pronta muerte del astado.

He descrito, sucintamente, dos suertes del toreo. Como se sabe, hay más, con un léxico muy amplio; y todas tienen su forma apropiada de realizarse, y lo menos cruenta posible, teniendo en cuenta que estamos ante la brega de un animal, en el que prevalece la fiereza, con un hombre que tiene que poner en juego la astucia y la inteligencia para no ser él el muerto durante la lidia y, especialmente, en el embroque final.

Explicación más amplia y consideraciones favorables y negativas en torno al toreo, quien tenga tiempo y ganas, puede encontrarlas en un artículo mío anterior, titulado Toros: no sé si volveré a hacerlo , al que un lector apostilló lo siguiente: «Nunca creo haber leído un comentario acerca de las corridas de toros tan desapasionado e inteligente. Felicidades, Pep. Enlace con el artículo

 
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