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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

La nerviosidad moderna

mirollull2 | 26 Abril, 2013 19:53

He aquí un diagnóstico válido, del cual puede deducirse cómo puede ser la vida humana dentro de cien años; por la sencilla ley de la aceleración, seguramente, antes.

 

«La cuestión planteada es la de si las causas de la nerviosidad antes expuestas se hallan realmente dadas en la vida moderna en tan elevada medida que expliquen el extraordinario incremento de tal enfermedad, y a esta interrogación hemos de contestar en el acto afirmativamente, pues nos basta para ello echar una rápida ojeada sobre nuestra vida moderna y su particular estructura.
»La simple enunciación de una serie de hechos generales basta ya para demostrar nuestro postulado: las extraordinarias conquistas de la Edad Moderna, los descubrimientos e invenciones en todos los sectores y la conservación del terreno conquistado contra la competencia cada vez mayor no se han alcanzado sino mediante una enorme labor intelectual, y sólo mediante ella pueden ser mantenidos. Las exigencias planteadas a nuestra capacidad funcional en la lucha por la existencia son cada vez más altas, y sólo podemos satisfacerlas poniendo en el empeño la totalidad de nuestras energías anímicas. Al mismo tiempo, las necesidades individuales y el ansia de goces han crecido en todos los sectores; un lujo inaudito se ha extendido hasta penetrar en capas sociales a las que jamás había llegado antes; la irreligiosidad, el descontento y la ambición han aumentado en amplios sectores del pueblo; el extraordinario incremento del comercio y las redes de telégrafos y teléfonos que envuelven el mundo han modificado totalmente el ritmo de la vida; todo es prisa y agitación; la noche se aprovecha para viajar, el día para los negocios, y hasta los ‘viajes de recreo’ exigen un esfuerzo al sistema nervioso. Las grandes crisis políticas, industriales o financieras llevan su agitación a círculos sociales mucho más extensos. La participación en la vida política se ha hecho general. Las luchas sociales, políticas y religiosas, la actividad de los partidos, la agitación electoral y la vida corporativa, intensificada hasta lo infinito, acaloran los cerebros e imponen a los espíritus un nuevo esfuerzo cada día, robando el tiempo al descanso, al sueño y a la recuperación de energías. La vida de las grandes ciudades es cada vez más refinada e intranquila. Los nervios, agotados, buscan fuerzas en excitantes cada vez más fuertes, en placeres intensamente especiados, fatigándose aún más en ellos. La literatura moderna se ocupa preferentemente de problemas sospechosos, que hacen fermentar todas las pasiones y fomentan sensualidad, el ansia de placer y el desprecio de todos los principios éticos y todos los ideales, presentando a los lectores figuras patológicas y cuestiones psicopáticosexuales y revolucionarias. Nuestro oído está sobreexcitado por una música ruidosa y violenta; los teatros captan todos los sentidos en sus representaciones excitantes, e incluso las artes plásticas se orientan con preferencia hacia lo feo, repugnante o excitante, sin espantarse de presentar a nuestros ojos, con un repugnante realismo, lo más horrible que la realidad puede ofrecernos.»

 

Los párrafos anteriores son de W. Erb, escritos en 1893 y reproducidos por Sigmund Freud en “La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna”, de 1908. (Sigmund Freud, Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de las neurosis, Madrid, Alianza Editorial, 1967.)

Año IX - VI Asamblea de Laringectomizados 2013 - Primer día

mirollull2 | 20 Abril, 2013 03:42

La VI Asamblea de Laringectomizados ha cubierto su primer día, y, como era de esperar, lo ha hecho respondiendo a la buena programación y organización efectuada por Maite Arenas con AMAREL y el reconocimiento de GEPAC.

El encuentro ha sido grato para quienes ya se conocían y atractivo y estimulante para lo que acudían por primera vez a una de estas asambleas.

 


 

De las noticias que se han dado a conocer, tengo que destacar de la exposición de la fisioterapeuta, Leticia García Carballo, "Abordaje fisioterápico en el edema facial”, las precisiones que ha señalado sobre el linfedema al referirse a la situación actual de su tratamiento:

-          Falta de servicios especializados

-          Escasa formación de fisioterapeutas

-          Escaso conocimiento de técnicas de tratamiento

-          Derivación tardía del paciente a personal especializado

-          Escasa documentación bibliográfica

En mi artículo anterior, expresaba: El programa incluye la exposición de aspectos poco tenidos en cuenta en la rehabilitación de los Laringectomizados, como son la disfagia, la anosmia y la psicología, y otro, en general no atendido, el edema submentoniano, que por sí solo precisa de mucho tiempo para extinguirse, si no se queda enquistado.

Bienvenidas sean estas asambleas, que ponen de relieve carencias y marcan pautas para llegar a un protocolo sanitario adecuado en el tratamiento del cáncer de laringe.

Hoy mismo he tenido ocasión de conocer el protocolo que sigue el Hospital de Son Llàtzer, de Palma, en la atención a las pacientes por una mastectomía desde antes de la intervención quirúrgica. Una médico habló detenidamente con la paciente para explicarle en qué consistía la intervención, cómo la afectaría y qué atención se le prestaría después del postoperatorio.

En cuanto a la laringectomía, algo aproximado se sigue en el mismo hospital.

También hoy he sabido, desde otros mares, la buena reacción que ha tenido un paciente después de la laringectomía total y el ánimo y disposición con que se enfrenta a la recuperación. A éste, entre las pocas explicaciones que le dieron estaba la de que no hablaría nunca más, o por lo menos esto entendió. Y ha sido otro paciente quien ha tenido que darle las aclaraciones convenientes y ofrecerse para alcanzar la rehabilitación y una nueva voz.

 


 

“El búho Miró-Sampedro”

mirollull2 | 15 Abril, 2013 00:20


Con Juli Ramis, José Luis Sampedro y Joan Oliver
en la inauguración de la exposición. 1989

En un diario, unos titulares se han referido a José Luis Sampedro como escritor y economista de izquierdas. No sé si con ello se quiere definir a la persona o etiquetar sus actividades. Si esto último, no considero aplicable el calificativo. Escribir y más ser economista –como también ejercer de contable, de electricista o de cirujano– con un apriorismo intencionado o es una trampa o es un imposible. Con ello no quiero decir que una persona de las que hoy llamamos de izquierdas o de derechas no pueda usar la razón y el recto proceder en el ejercicio de su profesión; es factible. En cambio, si lo que se quiere expresar es que Sampedro era de izquierdas, considero falsa esta atribución ideológica; la que le corresponde, en todo caso, es la de anarquista. Con término menos desabrido: un ácrata. Y un heterodoxo de lo políticamente correcto.

José Luis Sampedro nunca fue un hombre cómodo para el poder. Tuvo complicaciones, y unos años, por apoyar a los perseguidos en el llamado “contubernio de Berlín”, se exilió a Estados Unidos de América. En una charla en su casa, le pregunté cómo había podido conciliar su talante con el desempeño de puestos oficiales; su respuesta fue sencilla: si surgía alguna “inconveniencia”, me marchaba. Cuando hablábamos, el último puesto del que había cesado era el de Subdirector de Estudios del Banco Exterior de España. «Con la llegada de Fernández Ordóñez como presidente, la incompatibilidad era clara, y me marché –me dijo. ¿Esta forma de actuar habrá tenido un coste económico? –argüí. Sin duda. Podría ser rico. Y tengo para vivir acomodadamente.»

El Sampedro –como le gustaba decir–, asequible, natural, afable, acogedor, que transmitía sosiego y cordialidad, era un hombre excepcional: clarividente, lúcido, sabio, íntegro. Y he dicho excepcional, por no decir único; aunque ahí dejo el reto de quien pueda señalarme otro español (incluidos los catalanes, que él por accidente nació en Barcelona) tan coherente de pensamiento y acción.

Es curioso: al intentar describirlo, no puedo menos de echar mano de unos atributos que figuran en la doctrina cristiana, bastante relegados por los católicos, y que en José Luis alcanzan un sentido y una esencia que trasciende el concepto del catecismo y –no creo equivocarme– también el de la suma tomasiana. Me refiero a las virtudes teologales y a las cardinales. La fe, la esperanza y la caridad, que no precisan de ningún dios particular para tener sentido; y la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, que no en balde son llamadas también virtudes humanas. Ser plenamente hombre, José Luis lo tenía muy claro, no presupone el soporte de una divinidad, ni la adhesión a creencia religiosa alguna; sencillamente hay que cruzar un tramo de espacio y tiempo terrenal, con un sentir consciente y consecuente del aliento vital que nos ha tocado en la cosmogonía.

Los egipcios, en el proceso de momificación, extraían el cerebro del cadáver y lo desechaban (el muerto no lo necesitaba en su viaje al más allá); para ellos, la sede de la inteligencia era el corazón, y a éste le dedicaban un tratamiento especial. Valiéndonos de los símbolos del cerebro y el corazón, Sampedro no centra la esencia humana en uno de ambos; pero para él, el cartesiano “pienso, luego existo” queda enmendado por “siento, luego existo”. No es extraño, por tanto, que muchas personas buscaran su proximidad o desearan (deseáramos) conocerlo. El caso más emblemático es el de Olga Lucas, que, de creer su anhelo irrealizable pasó a ser su esposa. A mí me llamaron la atención los primeros escritos que de él leí. Fue en el año 1963, en los inicios de la segunda época de la Revista de Occidente. Desde entonces seguí su trayectoria y surgió el deseo de conocerle. Fui a vivir a Madrid, pensé que sería la ocasión, pero se me antojaba inalcanzable. En cierta ocasión, mi mujer escucho unas intervenciones suyas en una emisora de radio y me comentó que coleccionaba imágenes de búhos. Vislumbré una buena oportunidad: grabar un búho y enviárselo a través de la emisora. Realicé un linograbado y efectué varias estampas con márgenes amplios y una serie como puntos de lectura, y le escribí a la emisora pidiendo, si lo admitía, cuándo y dónde podía entregárselo. Al llegarle la carta, llamó a casa; yo estaba fuera de Madrid y dejó su teléfono. Cuando hablé con él no consintió que fuera yo quien se desplazara, «que lo lógico es que fuera él quien recogiera lo que para él se había hecho». Y así se hizo. Vino a casa el 3 de agosto de 1985, día que él fijó “como el de nuestro encuentro” en la dedicatoria que estampó en El caballo desnudo, uno de los libros que nos trajo pues suponía que por ser de los primeros, podíamos no tener, y… hasta siempre.


1985, linograbado, 103x47 mm

Al tomar al azar un ejemplar de la Revista de Occidente, el Nº 6 de la 2ª época, para saber el año de publicación, lo ojeo, veo su firma, y unas líneas antes de ella leo: «Es natural que así sea cuando el fruto es una obra tan madura, sólida y ajena a concesiones, tan viva y excelente. Una obra que nos da desde ahora ya la sensación –¡y cómo importa eso!– de tener fuerza para soportar el tiempo». Sampedro (a quien es aplicable lo escrito) terminaba así un artículo sobre un libro, Las ratas, de Miguel Delibes.

Pensé que si tenía poemas disponibles podríamos hacer una obra conjunta. Una carpeta con textos ilustrados. Los poemas con que contaba –objetó– eran de tiempos lejanos y dudaba de que me valieran. Cedió, quedó en revisar carpetas, y días después me trajo un manojo de hojas impresas para que las sometiera a mi criterio y decisión. Seleccioné cinco poemas y fui captando los estímulos de formas y colores que me sugerían. Cuando le enseñé las pruebas, quedó sorprendido, se había hecho una idea completamente distinta de cómo serían las ilustraciones.

La carpeta resultante, Ventanas de Viento, estampada en serigrafía, se presentó y expuso en Madrid en la sala de la Calcografía Nacional de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En aquella ocasión, después de visitar los talleres de la institución y mientras llegaba la hora prevista para el acto, surgió el eufemismo, quizá más bien perífrasis de la “tercera edad”, y José Luis exclamó: «¡Qué, tercera edad! Sencillamente, viejo, y a mucha honra”. Además, la claridad y franqueza con que me expreso, quienes no las aceptan las toleran como cosas de viejo».

Posteriormente en una exposición realizada en la Galería Juan Oliver “Maneu”, de Palma, figuró, juntamente con otra obra gráfica de técnica variada (xilografía, serigrafía, monotipos), la carpeta con los poemas de Sampedro, de cuyo catálogo escribió el prólogo.

Me permito, por ser muestra de la delicadeza y deferencia con el que el escritor trata al pintor, trascribir unos párrafos del mencionado prólogo.

Al fin la palabra irrumpe como determinación previa para las Ventanas de Viento motivadoras de mis 'comentarios iniciales. Palabra mínima: breves poemas de juventud, claramente adolescentes, anteriores a mi evolución hacia la expresión novelística. Palabras, bien lo sé, que sólo han alcanzado este enriquecimiento pictórico por la mutua amistad y tantas coincidencias de talante, que han impulsado al artista a valorar al escritor. Pero aunque mis ensayos poéticos de hace años no estén a la altura del homenaje plástico, me alegro de haberlo provocado porque en esas estampas resplandecen, en la sencillez, los rasgos más característicos del arte de Miró Llull. En efecto, en esas obras su grafismo, sin ser la tópica ilustración descriptiva, consigue reflejar al borde de lo conceptual la idea matriz del poema, gracias a la intensidad alusiva de los recursos más simples —un zigzag se hace almena, un rasgo cobra vuelo de pájaro—, y a la delicadeza de la fuerza, a la complejidad en lo elemental. Un arte, en suma, digno del que con una sola pincelada capta la hoja de bambú. Así como un ramaje acicular sobre dos azules diferentes, con un rizo de espuma y un flotante triángulo blanco, bastan para presentarnos inequívocamente el Mediterráneo nativo de Miró Llull, así estas estampas dicen, con menos materia, tanto o más que las palabras provocadoras y condensan la diacronía de cada poema en el golpe de gong de la belleza, con el aleteo fecundo de la alianza entre pintura y poesía.

De lo escrito quizá puede desprenderse una referencia excesiva al propio relator de estos párrafos; ante ello sólo me cabe la justificación de que así ha devenido por pretender dar un testimonio cabal e íntimo de la sencillez y la grandeza que concurrían en José Luis Sampedro. Rasgos y actitudes de su natural, juiciosa y sabia bonhomía que llevan a afinar un retrato al que (y más ahora que la exigencia y justeza de sus apreciaciones y diagnósticos socio-políticos se revelan precisos e incontrovertibles) tirios y troyanos prestan su aquiescencia.

Puedo también dar a conocer otro trazo de su categoría personal. Al saberse que José Luis Sampedro estaba en Palma con motivo de mi exposición, a través de un amigo me llegó, para que se la transmitiera, la solicitud del presidente del Círculo de Economía para que diera una conferencia. La conferencia, excelente y ante un amplio auditorio seducido, tuvo lugar en la entonces Escuela Profesional de Comercio. Cuando le manifesté la petición, no dudó un momento en aceptarla; y al preguntarle por lo honorarios, tampoco titubeó. «Estoy aquí por ti. Y, pidiéndomelo tú, no hay nada más que hablar.»

 
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