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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

Año VIII - ¿Nadar con respirador conectado al traqueoestoma?

mirollull2 | 22 Septiembre, 2012 23:30

 

En la piscina

«He montado dos dispositivos, que me falta comprobar, para poder nadar bien respirando por la nariz o por un tubo de buceo con válvula de cierre.» Esto lo publiqué el 7 de noviembre de 2009. En el verano del año siguiente, revisé todo lo que había preparado, hice varios cambios y comprobé –lo podía hacer en un recipiente con agua– que no se producía ninguna filtración de agua por las uniones del artilugio. Me faltaba encontrar la manera de que el extremo que había que aplicar a la tráquea quedara bien ajustado al estoma, con cierre hermético, firme para que no se pudiera desprender por los movimientos en el agua, pero al mismo tiempo fácil de soltar si era necesario.

No quería recurrir al sistema de ajuste del Larkel, pues no me agradaba tener que meter una cánula en la tráquea con globo hinchable. Este modo de colocación parece que es muy seguro, aunque sé de una persona que lo probó y le molestaba y le originaba tos y, por otra parte, a mí no creo que se me adapte bien porque tengo la tráquea desviada a la derecha debido a la extirpación del lóbulo superior del pulmón.*

Larkel

Las pruebas que hice con el sistema que ideé, en “dique seco” funcionaban bien. La sujeción era segura, la podía soltar con un simple tirón, no tenía pérdida ni absorción de aire por el acoplamiento al estoma y me permitió, tanto por la nariz como por el tubo, respirar normalmente durante media hora. La prueba en piscina, sin embargo, no me dio el resultado esperado. Al mojarse, la adhesión al cuello formó uno o más pequeños pliegues por los que penetró el agua. Y, por otra parte, la boya del tubo dejaba pasar algo de agua antes de efectuar la obturación.

Total: algo de avance, pero había que seguir buscando una buena adaptación a la tráquea y aplicar algún sistema de drenaje para el agua que entraba por la boya. Y puesto que había que seguir con otras actividades, los dispositivos respiradores quedaron apartados hasta otro momento, y, éste, saltando el 2011, ha llegado este año de 2012.

Dos respiradores

He podido nadar, pero de los tres artilugios probados, uno no ha presentado ningún problema y los otros todavía precisan mejoras. Incluso el que funcionó bien, al ponerme de pie con el agua hasta la cintura, presentó una imprevisión. Con la boquilla en la boca seguía respirando normalmente por la nariz. Al pretender soltar la sujeción del cuello, para lo que tenía que usar las dos manos, tuve que soltar la boquilla, por lo cual quedó colgada del tubo que tenía el otro extremo fijado en el estoma y, dado que la largura del tubo lo permitía, penetró en el agua. Consecuencia: la aspiración para respirar no fue de aire, sino de agua. ¿Qué pasó? Al aspirar, el agua llegó a la tráquea y una brusca y fuerte expiración la repelió al tiempo que de un tirón arranqué el adaptador del estoma y pude expulsar algo del agua que quedaba y respirar normalmente. Lección: la boquilla tiene que quedar a la altura de la barbilla o del cuello al soltarla de la boca.

Boquilla al agua

Flotador para tubo

Los otros dos, en uno se demostró no ser útil, incluso contraproducente, el sistema de flotador para que el extremo que toma el aire se mantuviera fuera del agua. Al nadar y arrastrar el flotador, éste se giraba y el extremo cambiaba la posición vertical por la horizontal, se quedaba al nivel del agua y… otra vez tuve que echar un chorro de agua y toser. A priori, la solución de que el extremo del tubo se sostenga en un flotador no es mala: con un tubo de cierta largura se podría bucear ligeramente, pero esto requeriría un flotador demasiado voluminoso.

Respirador complicado

El otro, artilugio, como puede verse en la foto, es muy aparatoso y tiene la complicación de que se puede respirar por la nariz y por el tubo. Hay que simplificarlo, dejando únicamente la vía de respiración por el tubo y comprobar la efectividad del drenaje de la boya para el caso de que le llegue el agua o se hunda.

Respirador con boya

Hasta ahora no he hablado del aspecto principal y básico: el modo de fijar y ajustar herméticamente el dispositivo al estoma. Ya he dicho que quería prescindir de la cánula con balón; por tanto, dándole vueltas al magín, he optado por dos sistemas. El primero es una adaptación directa de un tubo penetrando varios milímetros en el estoma, ajustado a su tamaño, complementado con una tetilla de biberón con la punta cortada y un asiento de silicona. Como alternativa a este adaptador he confeccionado otro, que espero que sea más seguro, constituido por un tubito de boca ensanchada asentado en una pieza de silicona amoldada en el cuello al rededor del estoma. El inconveniente de estos dos adaptadores es que tienen que confeccionarse personalizados; además, el primero sólo es adaptable a estomas circulares y el segundo ha de moldearse con un material que no dañe los tejidos del cuello y después vaciarlo en silicona.

Adaptadores para el estoma

Fijacion por adhesivo

El otro sistema de ajuste al estoma es de aplicación más fácil, aunque también de manufactura propia. Se podría estudiar y efectuar un diseño que se pudiera producir en serie, pero su realización tendría un coste elevado. Se basa en una base con un aro adhesiva al cuello a la cual se acopla herméticamente y se asegura con un collar el tubo respirador. El sistema como ya he indicado, se tiene que poder soltar fácilmente pero no involuntariamente.

Respirar por la nariz

Respirar por el tubo

Como puede deducirse no existe un modo sencillo y seguro para que un laringectomizado pueda respirar con el cuello dentro del agua, no por ello, sin embargo, tiene que renunciar a los ejercicios tonificantes en una piscina; son recomendables, y pueden hacerse bien, sin necesidad de tubo respirador, sujetándose con una o las dos manos en el borde en una zona en la que llegando con los pies al fondo, el nivel del agua esté unos quince centímetros por debajo del estoma. Otra forma, muy cómoda, es sustentándose en una amplia rueda hinchable ajustada al cuerpo.

Con flotador

En artículos anteriores he expuesto la bondad de los ejercicios en el agua y la manera de poder hacerlos, los dispositivos que existen para poder nadar o flotar, la respuesta automática de la tráquea a la entrada de agua y los riesgos de que ésta sea notable y llegue a los bronquios y los pulmones y cómo hay que actuar en este caso, la posibilidad de nadar brevemente obturando el estoma con un dedo, la inconveniencia de navegar en embarcaciones pequeñas o de fácil vuelco, el provecho de respirar aire marino…

Los artículos a que me refiero son los siguientes:

- Año II – El mar y la ducha
- Año II - La inmersión es posible
- Año III - Buceador profesional laringectomizado
- Año V - Laringectomizados. ¿Miedo al agua? • I
- Año V - Laringectomizados. ¿Miedo al agua? • II
- Año V - Laringectomizados. ¿Miedo al agua? • III
- Año V - Laringectomizados. ¿Miedo al agua? • IV 

* El equipo completo Larkel (o Larchel) se vende en Alemania personalmente al interesado; tiene que presentar un certificado médico de aptitud, efectuar un cursillo de adiestramiento y firmar una declaración asumiendo los posibles daños por uso, liberando de responsabilidad a la compañía vendedora. En España se vende sin el requisito del cursillo de adiestramiento, aunque sí hay que aportar el certificado médico de aptitud, recibir el Manual de Instrucciones de uso y firmar el compromiso de aceptación de responsabilidad.

 

Lágrimas obispales

mirollull2 | 14 Septiembre, 2012 12:12

He tenido dos sorpresas juntas. La primera: que quien yo creía un alma bienaventurada es un auténtico Medici. La segunda: que mi ignorancia artística ha ido a más. ¿Cómo podía no saber que en Mallorca tenemos un artista, mezcla de Miguel Ángel y Leonardo, predilecto episcopal? No tenía ni idea, ya no de las numerosas obras y diseños, sino, lo que más me avergüenza, del inmarcesible árbol de cruces plantado en Randa.

Les creus del Gòlgota i la de Sant Pere

Jaume Falconer, el artista faldero episcopal, ha terminado una composición monumental en vidrio soplado y hierro de la que, así lo ha publicado el diario El Mundo, "Los Técnicos analizan el sentido litúrgico de la obra, aspecto sobre el que no planean dudas ya que la intervención de Falconer conmemora el Año de la Fe». Esta conmemoración de la Fe se fundamenta en ochenta lágrimas de cristal, tan grandes que cada una la han tenido que soplar dos hombres.

Seguramente, la magnífica e impresionante llorada se instalará en la capilla del otro lado del altar mayor, para hacer pareja con la cerámica fallera.

Y dejando ahora de lado mi no estar al día en el arte importante actual en nuestra isla, debo admitir que la sorpresa episcopal todavía me tiene enajenado. El obispo Murgui, lo que parecía imposible, ha sobrepasado la marca que puso el obispo Úbeda. Este dejó una obra, por cierto de un descreído, aparatosa y carísima. Murgui ha hecho llegar el arte de la Fe a diferentes lugares isleños y finalmente corona su dedicación con un rosario generoso de lágrimas impolutas. Y seguramente, aunque esto no se debe tener en cuenta cuando se trata de honrar y enaltecer a Dios, a un coste no escandaloso. Sería bueno, a pesar de que el vicario general Lluc Riera ya no esté aquí, que cuando haya que bendecir las lágrimas de la Fe, el obispo Murgui estuviera presente.


Ya tenía escritos los párrafos precedentes y El Mundo ha dado más detalles del proyecto. Dice que las lágrimas miden 80 x 20 centímetros y que son de vidrio azul. Y que la instalación no será permanente sino tan sólo un mágico retablo provisional por los actos litúrgicos de la Fe.

También dice el periódico que el vicepresidente del capítulo manifestó que la Catedral asumirá totalmente el coste de la escultura (sic).

Todo lo que he leído me hace pensar que si el armatoste es para dar lustre a los actos del Año de la Fe, poca Esperanza se tiene en la Fe o la Fe no cuenta con la Caridad. Acaso, en esto último que he dicho me equivoque: tal vez, después de cumplir su objetivo, las lágrimas de cristal azul y el hierro en pedazos se vendan a beneficio de Cáritas.

Toros: no sé si volveré a hacerlo

mirollull2 | 08 Septiembre, 2012 00:47

 

Pase natural

Unas dos horas ante el televisor; cosa que no había hecho, por lo menos, en los diez últimos años y pocas veces en los anteriores. Fue para ver una corrida de toros de cuya retransmisión me enteré cuando comenzaba porque me avisó mi mujer por si me interesaba. Por toda la antitauromaquia de moda, quise volver a ver una corrida; alguna, o parte, había visto hace años por tv; y, posiblemente, la última a la que asistí fue la memorable de los “victorinos”, hace más de veinte años, en Las Ventas de Madrid.

Los toros podrán gustar o no, pero no se les puede despachar con el sambenito del maltrato animal. Más motivo hay para denostar bastantes actividades cinegéticas: la del jabalí que, antes de ser macheteado por el cazador, abre en canal a perros con sus colmillos; la caza del zorro, a mordiscos de los canes, con tanta apostura y protocolo practicada por la alta sociedad inglesa (¿sigue prohibida en Inglaterra y Gales?); y otras cacerías y safaris, entre las cuales se realizan unas en África en la que la pieza a cobrar es un indígena al que sueltan en el coto para acecharle y dispararle. Maltrato animal, aparte de en las cadenas de cría, engorde y matanza para alimentación humana, mucho más que en las corridas de toros se da en peleas cruentas entre animales irracionales y racionales.

El toro, no lo olvidemos, está presente en todas las civilizaciones de las que tenemos noticia. Y lo está como tótem, como efigie sagrada y holocausto deprecatorio; como símbolo de masculinidad, de fortaleza, de agresividad, de fecundidad; y aparece en distintos momentos de nuestra era, antes de configurarse el toreo, en representaciones lúdicas y de lucha con el hombre.

 

Voltereta

En el toreo se da la simbiosis entre la magia y el espectáculo, y tiene un ritual propio en el que la eventualidad trágica no está nunca ausente. Es un misterioso ballet entre el poder y la astucia –o la inteligencia–, sujeto a una precisa geometría en el que por la conjunción de la justa distancia, el movimiento preciso de piernas y brazos, el juego de muñeca, el equilibrio y el ritmo se genera el pasmo de la emoción estética. Y este ballet, en sus momentos esenciales, es un paso a dos entre la bravura y la sutileza, no en vano la vestimenta del torero es delicada y femenina, frente al fosco toro. El torero, al iniciar los lances, encela al toro con la capa abierta, símbolo de ofrecerle el cuerpo entero; después de que el picador le modere su brío y le baje la testuz y de que con las banderillas se le espolee para el envite, le cita con la muleta (franela de menor tamaño que el percal) para ceñir su recorrido, una y otra vez, en derredor de la pelvis y llevando los pitones a acariciar los caireles resplandecientes del pecho. Al final, el torero brinda, al toro humillado y entregado, la penetración, que tiene que impedir con la espada entrando a matar recibiendo o al volapié o a un tiempo . Eros y psiquis a la inversa. No siempre. La suerte suprema , que da título a un libro de Guillermo Sureda Molina, quien encabezaba sus escritos taurinos en la prensa con La suerte y la muerte .

El toreo también es un espectáculo, asimilable si se quiere al arte escénico, pero con más categoría que los deportes convertidos en espectáculo o competición. En otros tiempos, se atribuyó a los toros ser distracción y alienación del pueblo. Ahora, si bien su finalidad es el desarrollo físico humano, el deporte ha tomado esta función con creces, y si al toreo se le pueden poner reparos éticos, mayores son los que surgen por los espectáculos de masas en un estadio.

Al llegar aquí me pregunto: ¿Delenda est Cartago?, como querían los romanos de la ciudad púnica. ¿Hay que destruir las plazas de toros? Barcelona ya ha convertido La Monumental en una catedral del consumo. No voy a decir ni sí ni no. Al fin y al cabo, así es la historia, a todo cerdo le llega su San Martín, y lo de cerdo no se dice en sentido peyorativo. Porque las corridas de toros no sólo son ademas un hecho cultural en sí, con técnica, estética y léxico propios, sino que también respetables escritores, especialistas y artistas han dedicado al toreo obras y libros importantes. Las pinturas desde hace siglos sobre los toros son innumerables. En tiempos cercanos sobresalen las dos tauromaquias de Goya (una al aguafuerte y la otra, litográfica) y ahí está también Picasso, impresionante y abundante sobre todo en los distintos sistemas de obra gráfica. Y si hablamos de literatura podemos remontarnos a 1572 para encontrar el Tractado de la cavallería de la gineta de Pedro de Aguilar, que continuaría con otros en los que ya se habla concretamente del arte de torear y las reglas que le son aplicables.

 

La suerte suprema y Tauromagia

En nuestros días, y me refiero a varias décadas, tenemos la monumental obra Los Toros. Tratado técnico e histórico (Espasa), cuyos cuatro primeros tomos son obra personal de José María de Cossío, continuada con y por Antonio Diaz-Cañabate y ampliada posteriormente por la propia editorial. Es mucha la bibliografía que se puede relacionar –poética, biográfica, histórica y ensayística–. Ahí está el libro Sobre la caza, los toros y el toreo (Austral) de José Ortega y Gasset, quien, precisamente fue el impulsor de la obra de Cossío. Ortega en su libro explica la naturaleza del toro de lidia: «Pero la furia en el hombre es un estado anormal que le deshumaniza y con frecuencia suspende su capacidad de percatarse. Mas en el toro la furia no es un estado anormal, sino su condición más constitutiva en que llega al grado máximo de sus potencias vitales, entre ellas la visión. El toro es el profesional de la furia y su embestida, lejos de ser ciega, se dirige clarividente al objeto que la provoca, con una acuidad tal que reacciona a los menores movimientos y desplazamientos de éste. Su furia es, pues, una furia dirigida, como la economía actual en no pocos países. Y porque es en el toro dirigida se hace dirigible por parte del torero.» Hay que entender que el toro se crece en el ruedo y que el castigo le incita a embestir y revolverse con más empeño para hincar los cuernos en su contendiente. También en la dehesa se dan luchas feroces entre dos toros.

Sobre bibliografía, porque además de haber contado con su franca amistad fue claro, lúcido y certero en sus escritos y, como suele decirse, fue escritor de pluma bien cortada, vuelvo a Guillermo Sureda Molina, cuya Tauromagia (Austral), sin ser exhaustiva, es un texto cabal sobre el mundo de los toros.

 

Con El Viti en 1963

De una entrevista que realicé a Sureda y publiqué en un semanario de Madrid copio lo siguiente:
«–¿Falta tragedia en los toros?
– El sentido trágico ha sido sustituido por el estético y el plástico. Antes importaba sólo matar. Ahora interesa mucho torear. Los toros han ganado con ello. Pero…, a pesar de todo, considero que la fiesta de los toros, bajo el punto de vista ético, no tienen justificación; ni por su belleza, ni por su grandeza…
–¡Hombre!
–Se expone la vida por dinero, se tortura al toro, se drogan los caballos…
–¿Siempre?
–Los toros son un vicio, no una virtud. Sin embargo yo diría, a pesar de que suena a contradicción, que son un “maravilloso vicio”.» (Mayo, 1962)

Estuve dos horas ante el televisor. No sé si volveré a hacerlo. Me cansé. Y eso que la terna era atractiva y estuvo bien, sólo eso, bien; tal vez mimética; hubo toreo de capa y de muleta; el tercio de varas fue suave y breve (aún así un toro se derrumbó y fue retirado); la suerte de banderillas fue limpia. Las estocadas, profundas pero imprecisas. Los toros tenían presencia y movilidad, pero eran flojos y de poca codicia. Y si no hay toro… Se cortaron seis orejas. Si esa fue una corrida de seis orejas y puerta grande, la decadencia de las corridas continúa.

«Yo no digo que el toreo se esté muriendo, ni siquiera que necesariamente se tenga que morir. Trato tan sólo de hacer ver al aficionado tranquilo la posibilidad de su muerte. […] Adelanto esto: los toros, como espectáculo, pueden vivir, pero ya es hora de destacar, con la gravedad que el caso requiere que también pueden morir, desapareciendo bajo el sordo oleaje de la indiferencia o asesinados por la marea de la mistificación.» (La suerte consumada, 1952)

 

 
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