mirollull2 | 29 Junio, 2008 01:46
Carmen, piel morena, alta, esbelta, seria, afable, entró en la habitación con la bandeja de curas. Carmen iba a cumplir la instrucción que poco antes había dado el Dr. Montero. Me había dicho que podía irme a casa, que él redactaría el alta y fijaría el día para el que tenía que pedir hora en su consulta, y que la enfermera me quitaría las grapas; ella vería si todas o parte.
En la bandeja destacaba en color amarillo el quita grapas. Su mecanismo era como los de papelería, sólo que de más fina factura y de manejo a la manera de tijeras.

Cicatriz y detalle de las grapas
Iba a dejar atrás la desnudez de la UCI y abandonar el mandil, abierto por detrás y atado a lo alto de la espalda con dos cintas enlazadas, de la habitación. Sólo para dar paseos por los corredores de la planta había usado una ligera bata. Ahora retomaba el vestir formal y habitual de la costumbre ciudadana.
Salí de la habitación no sólo ligero de equipaje sino sin peso alguno en las manos (lo llevaban Amalia y mi hermana) y a paso lento y seguro. Regresaba a casa con buen aspecto; eso sí, con la respiración fatigosa y dolorido el costado derecho.
Ya en casa, me he planteado la cuestión del recato, más concretamente, del pudor y del impudor. ¡Cuan desmesurada ocultación del cuerpo se nos inculcó a algunas generaciones! ¡Y cuánto queda todavía! ¿No es ridículo que se hable de ‘las partes pudendas’ y, no digamos, de ‘las vergüenzas’?
A lo largo de los años había comprendido la falacia catequística de los enemigos del alma; de ellos, por la insistencia en su mención, el peor tenía que ser la carne; los otros dos, el demonio y el mundo, en sí mismos eran más inocuos, salvo, claro, que indujeran a la perversidad de la carne. El alma, este es el corolario, es condenada para siempre al averno si la carne (el cuerpo) no se siente impura –lo que puede remediar con la penitencia– y se goza dichosa en vida.
En una clínica no se dan estas memeces. El alma es cuerpo y el cuerpo es alma, y la enfermedad se asienta en la carne en cuanto que esta es carne animada, o, a la inversa, en cuanto que el alma está encarnada.
En la primera estancia larga en la clínica, antes de que pudiera asearme yo mismo, me pareció normal estar de pie sobre una toalla mientras me lavaban y secaban de arriba abajo. En la última, los dos días en la UCI, mi movilidad era reducida, por la reciente acción de tensores y bisturí y por las tuberías de goteros, sondas y drenajes, y el aseo tuvo que hacerse estando acostado. Sólo era necesario retirar la manta y la sábana encimera, colocar unas telas absorbentes e impermeables debajo del cuerpo e ir rociando agua jabonosa con esponjas, frotar y secar, primero en posición supina y, después, girándome lo más posible sobre mi lado izquierdo. Fue un alivio que me libraran del sudor y recuperar el frescor corporal. Con toda delicadeza y naturalidad (y naturalidad también por mi parte y con el goce de ver sus caras), esta vez fueron Ana y Cris las que me lavaron, no, como la vez anterior en la habitación, enfermeros.
¿Qué lleva a la espontaneidad y naturalidad de la desnudez? Hay que volver a preguntarse por el recato y el pudor. ¿Cuánto tienen estos de inhibición y represión cultural? ¿Cuánto de ocultación tras lo que los griegos, en el teatro, llamaban ‘persona’ (máscara) por miedo de aparecer tal cual somos?
En otros tiempos –como supongo que en general a todos nosotros– me preocupó mucho cómo me pudieran apreciar los demás, tanto corporal como mentalmente, tanto física como espiritualmente. Esta preocupación, con el paso de los años y de alcanzar metas y descubriendo cuáles era mis límites, se fue paliando. ¿Iba aceptándome yo mismo tal cual era y asentado mi personalidad? Supongo que sí. Y seguramente también se estaba llevando a cabo un proceso muy importante que he ido descubriendo paulatinamente: la sincronización funcional del cuerpo y la mente.

Aliento cósmico
Por tanto ¿qué pintan en todo esto los respetos humanos, los disfraces, las hipocresías convenidas, la deshonestidad con traje de marca o vestido de alta costura? Recato y honestidad, sí, en su justa medida, para la convivencia y en su momento.
Por lo demás, el impudor, o la simple y sencilla naturalidad de no temer mostrarse ni física ni mentalmente como uno es. ¿Qué para llegar a esto hay que haber madurado y superado ínfulas y vanidades? Puede ser. Y, parafraseando la escritura hebrea, estar en el camino de ser el que se es; poder estar ahí, sin tener que demostrar nada, porque simplemente soy el que soy.
Josep Maria Miró Llull (Palma, Mallorca, 1937) Escritor, grabador y pintor. Directivo empresarial jubilado.
Laringectomizado en febrero de 2005
Monitor en voz esofágica
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