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"Crónica de los avatares de mis cánceres y sus secuelas" (de laringe, de piel, de pulmón) y otros asuntos, y traducción de artículos de "Anotacions més o manco impertinents".

Una lengua para todos

mirollull2 | 30 Junio, 2008 10:30

Al principio de la sexta década del siglo pasado, en la clase de Griego, el profesor nos habló de Lorenzo Riber. Yo era alumno interno y, en la próxima visita familiar, pedí que me compraran La minyonia d’un infant orat. El librillo era –y es–, estampado en 1935, de la Biblioteca “Les Illes d’Or”, una colección cautivadora que nos mantenía el corazón abierto a la lengua, “el amor a la lengua de nuestra tierra”, que escribió el mismo Riber.

En aquellos años de la ‘represión franquista’ hablábamos normalmente en mallorquín (en Mallorca); nos entendíamos bien con la gente de Ibiza, de Menorca, de Cataluña; muchos amábamos la lengua propia y los más letrados publicábamos –por ejemplo en Ponent– poesía y escritos sobre literatura y otros temas.

Al hablar y al escribir nos surgía espontánea, de hondas raíces, la lengua natural. He aquí: “brotaba de raíces hondas”; cabe tenerlo en cuenta. Como el pino, que cuanto más arraiga mucho más se puede elevar.

Con todo, en aquellos años, ni de lejos, soñábamos con la ‘inmersión’ y ‘normalización’ lingüística que protegen e impulsan las instituciones ‘democráticas’ actuales.

De todas maneras, aún no hemos alcanzado una difusión suficiente de la lengua como la que tienen el inglés y el español, por ejemplo. (El chino, que hablan más personas que cualquier otra lengua, no sirve de ejemplo. Por mucho que su extensión geográfica sea enorme, no deja de ser una mezcolanza falta de normalización.) Bien, con esto pretendo dar a entender que la menguada difusión de una de mis lenguas, ha motivado que al tener que escribir en Internet sobre el cáncer y la problemática de la laringectomía, lo haya hecho en la otra. Así la repercusión de mis escritos sólo ha tenido los limites comunicativos de los posibles 270 millones de españoles e hispanohablantes.

Por ahora habría sido imposible que, escribiendo en mi lengua más íntima, hubiera podido ayudar a afrontar el oscuro hundimiento personal y relacional de muchos mutilados de la voz y abrirles una ventana o una puerta por la que vuelve a entrar la luz. ¿Hubiera sido posible, sin ir más lejos, poder enseñar a volver a hablar –es decir, a articular los sonidos necesarios para expresar su pensamiento– a un hombre de Caracas?

Ya quisiera yo que los 91 artículos de “Mi cáncer” en el blog http://bitacora.mirollull.com y todos los comentarios que han suscitado se hubieran podido escribir en lengua catalana, aunque fuera en la modalidad barcelonina. Para que así pueda ser ahora ya falta menos. Las instituciones gobernantes no escatiman ni medios ni normas ni decretos para conseguir una ‘inmersión’ general, no sólo de quienes tienen nuestra lengua como natural sino también de aquellos que, siendo de otros lugares, tienen la suerte de poder pisar o vivir en un territorio privilegiado.

En el siglo pasado y hasta hace poco habría sido impensable que los administradores públicos fuesen tan clarividentes en cuestiones lingüísticas. Nunca es tarde, sin embargo. Y tal vez ha sido necesaria la evolución generacional. Es sabido que hay rasgos genéticos que se vuelven a manifestar en la tercera o cuarta generación siguiente. No me extrañaría que así haya sucedido: se puede haber producido un rebrote hereditario del ‘francofascismo’.

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Este artículo lo publiqué con el título Una llengua per a tothom el pasado día 13 de junio en “Anotacions més o a manco impertinents”, http://bloc.mirollull.com. He creído oportuno traducirlo e incluirlo aquí para que pueda tener amplia difusión.

Es lamentable que una lengua rica, culta y bella, se use como desestabilizador político y es horrendo que se la quiera imponer como única a personas que tienen otra propia, sin pensar en el daño psicológico que ello les produce.

Año IV - Lobectomía LSD • VI (La desnudez)

mirollull2 | 28 Junio, 2008 23:46

Carmen, piel morena, alta, esbelta, seria, afable, entró en la habitación con la bandeja de curas. Carmen iba a cumplir la instrucción que poco antes había dado el Dr. Montero. Me había dicho que podía irme a casa, que él redactaría el alta y fijaría el día para el que tenía que pedir hora en su consulta, y que la enfermera me quitaría las grapas; ella vería si todas o parte.

En la bandeja destacaba en color amarillo del quita grapas. Su mecanismo era como los de papelería, sólo que de más fina factura y de manejo a la manera de tijeras.

grapas
Cicatriz y detalle de las grapas

En el costurón, de unos 23 cm había 36 grapas. Carmen me ayudó a recostarme sobre el lado izquierdo y llevé el brazo derecho sobre la cabeza. Empezó por quitar las grapas impares. Lo hacía con una seguridad y una delicadeza que parecían increíbles. ¿Cómo podía abrir y arrancar las grapas de metal, de tamaño semejante al 23 de las para papel pero de más robusta apariencia, con un roce imperceptible, un ligero tirón en algunas y puede que nada en otras? Después de las impares –la cicatriz no presentaba ninguna fisura–, pasó al resto. Yo había ido contando las que me quitaba; mi cuenta se quedó en 32 y Amalia había contado 36. ¿No eran 36 o es que de alguna no noté nada? Pues, no debí de notar nada; en la fotografía aparecen 36. Para asegurar la estabilidad de la cicatriz –aunque ya me había indicado el doctor que no tenía que realizar esfuerzos ni mover pesos–, Carmen la cubrió a todo lo largo de tiritas adhesivas que se irían –me dijo– desprendiendo solas.

Iba a dejar atrás la desnudez de la UCI y abandonar el mandil, abierto por detrás y atado a lo alto de la espalda con dos cintas enlazadas, de la habitación. Sólo para dar paseos por los corredores de la planta había usado una ligera bata. Ahora retomaba el vestir formal y habitual de la costumbre ciudadana.

Salí de la habitación no sólo ligero de equipaje sino sin peso alguno en las manos (lo llevaban Amalia y mi hermana) y a paso lento y seguro. Regresaba a casa con buen aspecto; eso sí, con la respiración fatigosa y dolorido el costado derecho.

Ya en casa, me he planteado la cuestión del recato, más concretamente, del pudor y del impudor. ¡Cuan desmesurada ocultación del cuerpo se nos inculcó a algunas generaciones! ¡Y cuánto queda todavía! ¿No es ridículo que se hable de ‘las partes pudendas’ y, no digamos, de ‘las vergüenzas’?

A lo largo de los años había comprendido la falacia catequística de los enemigos del alma; de ellos, por la insistencia en su mención, el peor tenía que ser la carne; los otros dos, el demonio y el mundo, en sí mismos eran más inocuos, salvo, claro, que indujeran a la perversidad de la carne. El alma, este es el corolario, es condenada para siempre al averno si la carne (el cuerpo) no se siente impura –lo que puede remediar con la penitencia– y se goza dichosa en vida.

En una clínica no se dan estas memeces. El alma es cuerpo y el cuerpo es alma, y la enfermedad se asienta en la carne en cuanto que esta es carne animada, o, a la inversa, en cuanto que el alma está encarnada.

En la primera estancia larga en la clínica, antes de que pudiera asearme yo mismo, me pareció normal estar de pie sobre una toalla mientras me lavaban y secaban de arriba abajo. En la última, los dos días en la UCI, mi movilidad era reducida, por la reciente acción de tensores y bisturí y por las tuberías de goteros, sondas y drenajes, y el aseo tuvo que hacerse estando acostado. Sólo era necesario retirar la manta y la sábana encimera, colocar unas telas absorbentes e impermeables debajo del cuerpo e ir rociando agua jabonosa con esponjas, frotar y secar, primero en posición supina y, después, girándome lo más posible sobre mi lado izquierdo. Fue un alivio que me libraran del sudor y recuperar el frescor corporal. Con toda delicadeza y naturalidad (y naturalidad también por mi parte y con el goce de ver sus caras), esta vez fueron Ana y Cris las que me lavaron, no, como la vez anterior en la habitación, enfermeros.

¿Qué lleva a la espontaneidad y naturalidad de la desnudez? Hay que volver a preguntarse por el recato y el pudor. ¿Cuánto tienen estos de inhibición y represión cultural? ¿Cuánto de ocultación tras lo que los griegos, en el teatro, llamaban ‘persona’ (máscara) por miedo de aparecer tal cual somos?

En otros tiempos –como supongo que en general a todos nosotros– me preocupó mucho cómo me pudieran apreciar los demás, tanto corporal como mentalmente, tanto física como espiritualmente. Esta preocupación, con el paso de los años y de alcanzar metas y descubriendo cuáles era mis límites, se fue paliando. ¿Iba aceptándome yo mismo tal cual era y asentado mi personalidad? Supongo que sí. Y seguramente también se estaba llevando a cabo un proceso muy importante que he ido descubriendo paulatinamente: la sincronización funcional del cuerpo y la mente.

respiración abierta
Aliento cósmico

Y en este proceso de aceptación propia, de estabilidad emocional, de afianzamiento y seguridad en el entorno social tal cual soy (con mis bondades y mis carencias), estoy seguro de que una buena parte se debe al trato repetido con el cáncer en estos últimos años. Al trato con el cáncer y a las imprevistas experiencias, evidentemente positivas y enriquecedoras que me ha proporcionado. Y como ya he indicado alguna vez, el haber, tal vez por el imperativo quirúrgico, abierto mi respiración al gran vacío exterior. Dicho de otro modo haberme llevado a la comprensión de que nuestro pequeño aliento personal forma parte del gran aliento cósmico de la vida.

Por tanto ¿qué pintan en todo esto los respetos humanos, los disfraces, las hipocresías convenidas, la deshonestidad con traje de marca o vestido de alta costura? Recato y honestidad, sí, en su justa medida, para la convivencia y en su momento.

Por lo demás, el impudor, o la simple y sencilla naturalidad de no temer mostrarse ni física ni mentalmente como uno es. ¿Qué para llegar a esto hay que haber madurado y superado ínfulas y vanidades? Puede ser. Y, parafraseando la escritura hebrea, estar en el camino de ser el que se es; poder estar ahí, sin tener que demostrar nada, porque simplemente soy el que soy.

Año IV – Lobectomía V · Cáncer escamoso T1 N0

mirollull2 | 21 Junio, 2008 19:00

La resección había sido más sencilla y limpia de lo previsto –me comentó el Dr. Montero– y que, a falta de conocer el resultado de la biopsia de lo extirpado –añadió–, se podía pensar que no se precisaría ningún tratamiento postoperatorio. Y el Dr. Carvajal, que me visitó por la ausencia de dos días del Dr. Montero, confirmó que la evolución era buena y me dijo que, en el quirófano, comentaron que los ganglios extraídos para analizar parecían sanos.

Bloque de biopsia
Bloque con corte histológico.
El cáncer en color blancuzco.

No es frecuente, pero, en mi caso, para poder pasar al equipo de Son Llàtzer la más amplia información posible de la biopsia, solicité el informe escrito y un bloque (o cristal). Puesto que es algo que normalmente no ven ni los oncólogos mismos, antes de entregar la muestra –una laminita del nódulo canceroso con margen al rededor, encapsulada– la fotografié. Sería curioso ver su imagen en el microscopio. Por qué, ¿verdad que visto así no parece preocupante? Sin embargo, ahí está un conglomerado de células malignas dispuestas a reproducirse y permanecer –al contrario de las sanas, que tienen vida breve y son substituidas por otra nuevas– invadiendo no sólo el espacio que corresponde a las sanas sino expandiéndose y, si pueden, dispersándose por otros puntos del organismo cuando escapan a la función de control y eliminación del sistema linfático.

Al fin y al cabo, el cáncer, en sus múltiples variantes, no es más que eso: una disfunción o alteración de la continua renovación celular del organismo. La cual, cuando se asienta en determinados órganos, y más si su detección es tardía, tiene limitadas posibilidades de ser detenida en su avance.

No pienso que el cáncer sea una cabronada, como, hace poco, ha manifestado Baltasar Porcel con motivo de la concesión de un premio a su último libro, libro al que, precisamente, ha dicho que pudo dedicar diez horas diarias al estar en la clínica. El cáncer puede ser un azar oportuno –así lo considero–, un motivo de afirmación de la propia existencia y de columbrar el inexplicable sentido de la integración de la vida personal en eso que llamamos eternidad. El cáncer, como cualquier enfermedad, como el mismo envejecimiento del cuerpo humano, y como la misma salud, forma parte de nuestro paso visible por el tiempo.

Una cabronada, si es que queremos usar el término, como mucho puede denominarse a la muerte por cáncer extendido de una madre joven con dos hijos, uno de ellos menor de un año. También puede ser una cabronada que una o varias personas mueran porque un conductor achulado invada el carril contrario. También tiene mucho de cabronada que un hombre muriera a los 44 años, con cuatro hijos nacidos y uno en camino, porque en una operación sencilla de doble hernia inguinal (intervención, por cierto, inducida, para librarle del molesto uso del braguero, por sus amigos el propio cirujano y el médico de cabecera) se le inoculara el tétanos al suturar las incisiones interiores y exteriores. Se comprobó que los caguts (en tres casos en el mismo hospital y uno en otro) no habían sido tratados adecuadamente por el laboratorio elaborador. La exigencia de responsabilidades que demandó el confiado cirujano, ya que por su amistad con el fallecido se sentía obligado a presentarla él mismo, no prosperó; el expediente se ‘extravió’: no convenía que llegara al consejo de administración del laboratorio, cuyo presidente era el prestigioso Don Gregorio Marañón.

El inoculado de tétanos forma parte de mi proceso de maduración. Un mediodía salí de la habitación de la clínica con el presentimiento de la despedida. Estaba sedado y tenía los ojos vidriosos. Yo tenía quince años.

Con la madre joven compartí mi última estancia en la clínica. Cuando ingresé, ella llevaba ya días (y no era su primera estancia). Ambos sabíamos de nuestra presencia y se estableció una comunicación afectiva. El primer día que en la habitación conseguí dormir tranquilamente, también ella, después de tiempo, alcanzó un dormir reparador. Ella, que no podía mantenerse en pie, ese día soñó que caminábamos juntos hacia su pueblo. Al dejar la clínica fui a su habitación. Llevaba unos días algo animada. Nos conocimos, sugerimos proyectos, sonrió, hablamos de confianza. Yo, en contra de todo pronóstico, me aferraba a la esperanza inaccesible. Algo después ella también dejó la clínica. La llevaron a su pueblo incinerada.

Miembros y chuchas

mirollull2 | 15 Junio, 2008 17:23

Admito que a la ministrilla le parezca demasiado viril el término miembro para referirse a los dos géneros. Aunque, si fuera ministrillo, diría que se ha hecho la picha un lío confundiendo igualdad con complementariedad o, simplemente, con equivalencia.

Por otra parte, no era necesario que inventase el término ‘miembra’. En la lengua española, lo que supongo que ignora –consecuencia de los planes de enseñanza por los que ha pasado– existen los nombres comunes chocho y chichi. Y si no quería usarlos por ser términos en masculino, podía haber recurrido a chucha, que es sustantivo femenino, usado por cierto en Argentina, Chile, Ecuador, Panamá y Perú, territorios hispanoamericanos, a cuyas modalidades lingüísticas parece aficionada la niña.

Damisela preparándose para desempeñar el más alto cargo en un no imposible Ministerio de Tocar el Arpa.

Año IV - Lobectomía LSD · IV (Carencias, desalientos y esperanza)

mirollull2 | 10 Junio, 2008 22:54

El día 19 el Dr. Montero me extrajo el drenaje pleural y solicitó una radiografía. El catéter epidural, que se había mantenido por si fuera necesario su uso, ya me lo habían quitado y también me habían retirado la sonda uretral y, ahora, cesaba el burbujeo. Es posible que la colocación de catéteres, sondas, drenajes... cause molestias; me los pusieron estando anestesiado y no me enteré. Lo que sí puedo decir es que al sacarlos, como mucho, sentí un ligero roce.

Pasaban los días y la recuperación avanzaba. Pedí conexión a Internet por el sistema inalámbrico de la clínica. No conseguí que funcionara. Tampoco me importó mucho: no estaba en las mejores condiciones de fijarme en la pantalla del portátil y, por llevar la vía en el antebrazo derecho, de ir tecleando.

Estando en la habitación, me limité a enviar unos breves mensajes por acceso telefónico, y hasta que estuve en casa no conocí los escritos aparecidos en la bitácora: buenos deseos, peticiones de información sobre mi estado, comentarios, consultas, intercambio de opiniones.

Elisabet había suplido mi ausencia; Vicente y Quique comentaban y aclaraban la evaluación laboral de los laringectomizados no jubilados; de manera personalizada, Maite seguía atendiendo a los laringectomizados que va conociendo y sacándolos adelante.

Un boceto para cartel
Un boceto para cartel

La semana, además de serme propicia a mí, era fructífera para los laringectomizados: la Asociación para rehabilitación de laringectomizados de Manacor iba a celebrar (yo no podría asistir) su primer aniversario; en el Hospital de Son Dureta, quince días después de mi intervención, se iban a iniciar las sesiones de logopedia, y ahí sí pude acudir y colaborar, aportando tres años de aprendizaje con la pedagoga y logopeda Eulalia Juan en el Hospital Son Llàtzer y mi trabajo personal, atendido en mis dudas y necesidad de aclaraciones por los doctores Bonilla, Rosal y Secades; además, por visita recibida del gerente de la Junta de Baleares de la a.e.c.c. y de su trabajadora social, supe que el programa Volver a hablar va a pasar de proyecto a realidad y que cuentan con mi aportación.

Después de salir de la clínica he vuelto a atender solicitudes de orientación y he seguido con mis comunicaciones por Internet. De entre las últimas, transcribo algunas por su especial significado; la primera, de Mª José, risueño estímulo en la UCI, que espero me tolere que desvele, por su representatividad, lo que me ha escrito.

Soy Mª José, una de las enfermeras que te cuidó durante tu breve estancia en la UCI. Supongo que ya sabes quien soy, me dejaste un sobre que mis compañeros se encargaron de hacerme llegar. Me encantó leer un trocito de la historia que contenía ese sobre. Nos hace mucha ilusión cuando un paciente se acuerda de nosotros porque la mayoría, en cuanto salen de la UCI... echan a correr en sentido contrario y lo más lejos posible... bueno, no se les puede reprochar nada (yo también lo haría) y de eso se trata, de que retomen sus vidas y en lo posible su normalidad cuanto antes, pero siempre te alegras cuando un buen día aparece una tarjeta, una felicitación navideña o, como en tu caso, un sobre con una bonita historia dentro. Leí el resto de la historia en tu blog, entre otras cosas. He conocido la voz esofágica de Maite. He visto una laringuectomía prácticamente en directo... me pareció enormemente traumático. Te he visto a ti enseñando ejercicios de rehabilitación. Ahora soy mas consciente de la necesidad de que se incluyan programas de rehabilitación para laringuectomizados en la sanidad publica. Es cierto, damos importancia a la rehabilitación de una cadera y ¿por qué no a la rehabilitacion de la voz?, ¿es que es menos importante? Me pareces un ejemplo a seguir, tu y toda la gente que colabora contigo...no claudiquéis NUNCA por favor!! Amparo te escribió que no deberías intentar saber lo que se siente en el propio organismo... yo creo que ¿quien mejor que nadie puede ayudarte a levantarte que quien ha pasado por la misma experiencia? Creo que eres un gran apoyo para toda esa gente que tiene que pasar por el mismo trance por el que pasaste tú y se sienten, tras el alta, no sólo mutilados sino también abandonados. Supongo que con tantos proyectos debes andar ocupado pero bueno, si un día tienes un ratito cuéntame algo, que tal los resultados de anatomía patológica?, ¿que tal aquel programa en Son Dureta del que me hablaste? y sobretodo... ¿que tal estas tú? Me despido con un abrazo muy fuerte y con la alegría de saber que al menos uno de mis pacientes se acordó de mí tras salir de la UCI. Cúidate mucho, por favor!!

También es ilustrativo lo que me ha escrito Manuel José Martínez desde Caracas. He de indicar que Manuel, para acudir a sesiones de logopedia –debido a la distancia– tiene que levantarse a las 5 de la mañana y después soportar largas esperas y en el peor de los casos, por la acumulación de paciente, regresar a casa sin haber sido atendido. Manuel, ahora, sigue un “curso a distancia” que le voy preparando.

Hola, Josep Maria, ¿cómo sigues evolucionando de la operación? Espero que estés bastante bien. Hoy estuve en el hospital donde fui operado visitando a un paciente que conocí el mismo día que fui a pabellón. A él tuvieron que operarlo de nuevo y me sentí muy mal, no sólo por él sino por los otros pacientes que ví con el mismo problema de laringetomizado; parecía que estaban en otro mundo y los entendía porque así me sentía yo después de ser operado. Traté de darles aliento en la forma de que vieran mi evolución, que después de ocho meses estoy fuerte y bastante ágil. Les mostré mi estoma que está muy decente (por decirlo de alguna forma) y que ellos van a estar igual o mejor que yo en poco tiempo. No lo vas a creer, había ocho pacientes recién operados y una sola enfermera para atenderlos.
Le di tu página a una enfermera que trabaja en UCI y ya te escribió, espero que nos sirva de ayuda a todos. Su nombre es HAILEY. Me esta yendo bien con los ejercicios, luego te escribo para explicarte.

Y he aquí, también, el mensaje de Hailey:

Buenas noches!! Soy enfermera del Instituto Oncológico Dr. Luis Razetti en Caracas (San Jose - Cotiza) y hablando con el Sr. Manuel (paciente de la Institución) me motivé aún más a formar parte de este foro. Les doy las GRACIAS por la labor social que realizan en pro de la educación de los cientos de personas laringectomizadas.
Como miembro activo de salud les agradeceré toda la información que se sirva enviarme para brindar una mejor orientación a los pacientes a mi cargo. !!!Desde ya ... Mil GRACIAS!!!

Los más de tres años que llevo con este blog han descubierto muchas carencias y desalientos en la recuperación de los laringectomizados, pero también han demostrado que es posible la esperanza; laringectomizados y familiares me han expresado repetidas veces casi con las misma palabras: al largo y oscuro túnel le he abierto la luz de la salida. Y esto no sólo lo hago yo, también Maite y Elisabet y Enrique, presidente de la asociación de Manacor... y bastantes más. Aunque quede mucho por hacer, no todo es abandono. ¿Es que yo, sólo, sin la ayuda con que he tenido la suerte de contar, hubiera llegado donde estoy?

Año IV - Lobectomía LSD • III

mirollull2 | 06 Junio, 2008 00:54

Isabel me cuida –le dije a Amalia– y Elisabet me escribe que me deje cuidar. Isabel, –piel tersa, belleza luminosa, serenamente atractiva– sonrió mientras continuaba las curas del día. Llamaban la atención dos quemaduras químicas en el centro del pecho, motivadas por el esparadrapo del quirófano. También las había, menores, en el costado y en la espalda. Con él, los apósitos y el costillar habían quedado perfectamente sujetos sin necesidad de amplios vendajes. Pero ¡vaya agarre el de esta banda adhesiva! En la UCI, al quitármela, habían considerado que era alérgico a este esparadrapo. Con los remedios aplicados, a pesar de que tenía unas llagas con la piel levantada, sólo a momentos tuve un ligero escozor.

Elisabet, –mi enfermera del Barcelona–, a través de mi teléfono móvil, por voz y por mensajes (los iniciales por delegación) conoció mi estado y evolución. Y Elisabet dio puntual noticia del éxito de la intervención y de mi recuperación a quantos –bastantes, por cierto, de España e Hispanoamérica– estaban atentos a esta bitácora.

Yo por mi parte, me pasaba el día sentado, unido a la pared por el caño de la fuente rumorosa, y, aunque había dormido por la noche, tenía más ganas de descansar y tener los ojos cerrados que de cualquier ajetreo. El periódico, habida cuenta de los titulares, no merecía mayor atención. En contra de la serenidad de la UCI –donde lo normal es que la situación individual mejore– el regreso al día a día con su desquiciamiento público y la desfachatez de los políticos, daba adecuada confirmación al Principio de Peter: “Todo lo que va mal, es susceptible de empeorar”. No había duda. Y el periódico causaba mi rechazo: a sus titulares se unía un repulsivo olor a impresión reciente. (¿También tiene su tinta emanaciones cancerígenas?)

Vuelvo a la crónica hospitalaria. Las vías son muy prácticas para inyectar sueros, medicaciones y aportes de potasio, sodio, etc. Pero las vías requieren un respeto, dicho de otro modo, brazos extendidos y en reposo. El orificio de las vías puede “envecejer” de por sí y hay que cambiarlas. Pero en mí no había vía que aguantara: o se saltaban los esparadrapos o se alteraba su posición; incluso hubo una, en el brazo derecho, que al conectarle un suero, la entrada del líquido me dolía notablemente y el dorso del principio del antebrazo se me iba hinchando. Ángel, después de comentarlo, me espetó que cómo pretendía no tener problemas con las vías si no tenía los brazos quietos. El brazo derecho, le dije, lo uso para comer y, especialmente, para limpiarme la prótesis y la tráquea, lo que lleva un tiempo de moverlo; el izquierdo, lo uso para taparme el estoma con un dedo y poder hablar con la prótesis, y todo ello hace que los doble con mucha frecuencia.

Hubo que llegar a un acuerdo. Ángel me quitaría la vía del brazo derecho y me la pondría, de nuevo, en el izquierdo. Yo, por mi parte, a este lo dejaría en reposo y prescindiría de hablar con la voz traqueoesofágica. Recurriría a la esofágica, aunque fuera más débil.

Y Ángel me pinchó otra vez en el antebrazo izquierdo. Sé que hay vías de diferentes calibres y que los pinchazos no se sienten igual siempre y que en ningún caso es para temerlos. A Ángel le costó encontrar una vena asequible (las suelo tener difíciles de localizar), pero sin darme cuenta, la vía estaba en su sitio. “¿Llevas, Ángel, guantes de seda?”

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Catéter periferico de seguridad
Catéter periférico seguridad

Nota: Pensaba que comporta sus riesgos llevar una aguja clavada en el dorso de la mano o en el antebrazo, sin embargo, en una de las recolocaciones me intrigó ver el extremo de un tubito blanco. ¿Era la aguja de material flexible? Ya tengo la explicación, la aguja se usa para efectuar la punción, pero después se quita y queda colocado el catéter.

Año IV - Lobectomía LSD · II

mirollull2 | 03 Junio, 2008 23:09

Por las ventanas de la habitación, a la luz de la tarde, azoteas, tejados, alguna torreta, la parte alta de las fachadas y nubarrones.

Tuve unos minutos de libertad; después sólo podría escoger entre el sillón y la cama con el respaldo levantado. El suero y la medicación colgaban de una percha con ruedas. El tubo del drenaje pleural, en cambio, iba al succionador y éste, por otro tubo, a una conexión fija en la pared del cabecero. Libertad, por tanto, limitada.

Sentado y con la mesa móvil delante, lo primero que hice fue pedir y disponer el espejo, la linterna, las pinzas, el cepillito y un vaso con agua. Necesitaba limpiar la prótesis fonatoria y la parte superior de la tráquea. En la UCI había pedido que me aspiraran mucosidad y con un tubito discreto algo se consiguió; había, no onstante, adherencias resecas que había que retirar con las pinzas. En la limpieza, al expectorar sufría agudas punzadas en el pecho, pero también se producía el correspondiente alivio del sistema respiratorio.

Poco después, en la vía del brazo izquierdo se produjo un goteo hacia la muñeca. Ya se había previsto, pues con una era suficiente, quitarme una de las dos vías. Me pasaron el gotero al brazo derecho y me liberaron el izquierdo; yo lo prefería, pues así podía moverlo sin impedimentos y, con el dedo medio –que es el que normalmente uso– obturar el estoma para poder hablar con la prótesis.

Me sirvieron la cena, de la que tomé una parte. Me costaba tragarla: no era insípida, era dulzona. En la UCI, ya desde después de la primera noche, había desayunado y comido normal (no todo lo que me dieron, que era demasiado) y no noté la falta de sal en la comida; la de la planta tuvo una solución: Amalia me trajo un salero.

Al anochecer me ayudaron a acomodarme en la cama. La posición, con el torso levantado y las rodillas algo alzadas, era cómoda, pero no podía modificarla sin ayuda; cualquier intento de esfuerzo me incrementaba el dolor en el lado derecho del pecho.

Un modelo de succionador torácico
Un modelo de succionador
torácico

El borboteo del drenaje era más audible en el silencio y la tranquilidad nocturnos.

Y pasé la noche con dolorcillo, con los párpados cerrándose y abriéndose, soñoliento, sin notar ningún efecto del drenaje y sabiendo de él por el persistente murmullo.

La noche se hacía larga y acudí a la poesía. Opté por añadir un haiku a mi colección. Surgió casi espontáneo y tuve tiempo de sobra para ajustar su forma en diecisiete sílabas.

Otras veces, en la duermevela, he pergeñado haikus que se han esfumado en el sueño, otros he podido recordarlos y anotarlos al despertar. El de esta noche –con tanto tiempo disponible– pude perfeccionarlo y fijarlo en la memoria.

Com un broll d’aigua
canta fresca la bomba
del neumotòrax
(16-5-2008)

Por cierto, el aparatito succionador no me fue extraño; lo conocía aunque no sabía que una de sus funciones, no sé si la principal, era la de drenaje. En las sesiones de logopedia del Hospital Son Llàtzer lo habíamos usado como manómetro para evaluar la capacidad de inspirar por la nariz y estimular la receptividad del sistema olfativo, que queda debilitado o inactivo por dejar de ser, la nariz, en los laringectomizados, el conducto obligado de la respiración.

Me adapté a la inmovilidad, que, por otra parte, me ayudó a mantener y no necesitar pulsar el timbre, el llevar sonda en la vejiga.

Al amanecer, entró la primera enfermera a tomarme la temperatura y la presión arterial. Más tarde, al comentar la noche en vela, supe que había la indicación de darme orfidal si lo pedía.

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Nota: La atrofia y rehabilitación del sistema olfativo inherentes a la laringectomía es uno de los aspectos que tengo pendientes de describir.

 
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